Safari

Diego Armando Martín Fernández

Cuando Amir pisó la primera escalera del recién aterrizado avión en el aeropuerto de Sevilla, el calor lo golpeó con dureza, aunque estaba acostumbrado a situaciones extremas. Si bien venía de un verano distinto, con olor a humo y pólvora dormida, aquel horno tampoco era acogedor. Tenía diez años, pero sus ojos, hundidos por la desnutrición y siempre alerta, parecían llevar más tiempo en el mundo del que le correspondería a un niño. Era uno de los niños bosnios acogidos por familias onubenses aquel año en el programa Vacaciones por la Paz.

 

La familia que lo esperaba en la terminal estaba formada por Ana, Manuel y su hijo Daniel, también de diez años. Al verlos, Amir se detuvo un instante. Su instinto, entrenado para medir peligros, lo empujaba a retroceder, aunque las sonrisas que lo aguardaban no hiriesen. Los saludó con un gesto breve y los siguió sin levantar la vista del suelo, costumbre que arrastraba desde que meses atrás un amigo volara por los aires al pisar una mina.

 

Los primeros días fueron tormentosos. Amir observaba todo, dudando de si aquel mundo era real. El frigorífico rebosante lo desconcertaba: abría y cerraba la puerta enseguida, como si temiera que la comida desapareciera al tocarla. El agua que salía del grifo lo dejó paralizado: potable, fresca, infinita. Dormía con la luz encendida. Cada ruido de la calle lo despertaba sobresaltado, buscando un refugio que ahora ni existía ni lo necesitaba.

 

Manuel y Ana intentaban no sobreprotegerlo, pero bastaba verlo caminar para intuir el peso invisible que cargaba. Daniel, en cambio, encontraba natural agarrarlo de la mano para enseñarle el parque o prestarle sus juguetes. Aun sin compartir idioma, los niños hallaron un lenguaje propio: gestos, risas torpes y carreras sin destino.

 

Pasada la primera semana, Amir empezó a relajarse. Comía con apetito, jugaba al fútbol, iba con Ana al mercado y saludaba a los vecinos. Incluso había aprendido sus primeras palabras en español. Cada pequeño avance era una costura nueva en la herida que la guerra le había dejado.

 

A finales de julio, la familia decidió llevarlo a un parque acuático. Daniel no cabía en sí de emoción; Amir, tímido, lo imitaba. El agua, pensó Manuel, podía darle algo de liviandad.

 

El día transcurría entre toboganes y chapuzones. Amir parecía feliz, pero de pronto, mientras caminaban hacia la zona de hamacas, se detuvo en seco. Su rostro palideció. Fijó la mirada en un hombre alto, de barba gris y gafas oscuras, que hablaba con otro turista cerca de la piscina de olas. Sin avisar, echó a correr.

 

Al principio, Manuel creyó que se dirigía a otra atracción. Solo cuando lo perdió de vista entre la multitud entendió que algo iba mal. Se dividieron para buscarlo. Ana habló con los socorristas y Manuel recorrió cada rincón mientras Daniel le agarraba entre sollozos.

 

Lo encontraron casi al anochecer, escondido detrás de unos contenedores cerca del aparcamiento. Temblaba, empapado en sudor y exhausto. Cuando Manuel se acercó, el niño retrocedió como un animal acorralado. Solo al ver a Daniel se dejó abrazar.

 

De vuelta en casa, intentaron que explicara lo sucedido. Amir, con gestos y dibujos, fue armando el relato. Señaló una hoja en la que había trazado la silueta del hombre que vio en el parque. Luego dijo dos palabras en bosnio, duras como piedras, y después, esforzándose, añadió en español:

 

—Cazador, Sarajevo.

 

Ana sintió un nudo en la garganta.

 

A través de un intérprete del programa, comprendieron al fin la historia: durante los últimos días de la guerra, algunos extranjeros habían entrado en Bosnia para participar en un macabro “safari de humanos”, disparando desde colinas o edificios en ruinas. Amir aseguraba que uno de ellos era el hombre que había visto en el parque acuático. Bradati lo llamaban.

 

La familia lo abrazó sin palabras. Huelva era un lugar seguro, pero esa noche entendieron que la seguridad no siempre empieza en la realidad, sino en la memoria. Y que sanar, para un niño como Amir, sería un camino largo, aunque tuviese nuevos apoyos como aquella familia onubense.

 

Siguió viendo otros Bradati. Quizá ninguno lo fuera. Quizá todos. En su memoria, la guerra había desdibujado los límites entre el peligro real y el imaginado. Y, aun estando a salvo, lejos de Sarajevo, no dejó de mirar a los desconocidos con la duda quieta de quien ha aprendido que cualquier adulto puede tener otra vida detrás de una cálida mirada.

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