El Malecón

de Agustín Ángel García Muñoz

  El olor salobre del Malecón siempre ha sido mi refugio. La Habana, con las  fachadas de sus edificios desconchadas, su alma vibrante y sus ritmos caribeños serpenteando por callejuelas estrechas, era el escenario perfecto para nuestras tardes de complicidad. Yo, Jefferson, un mulato de sonrisa fácil y manos inquietas, tocaba la guitarra por la calle Obispo, soñando entre acordes y susurros. Era cantautor. Él, Carlos, amigo de juegos y confidencias desde nuestra más tierna infancia, era mi todo: la razón por la que el Sol se desperezaba cada mañana, la Luna con sus promesas de amor eterno y el motivo de mis noches en vela. Dueño de una pequeña academia de baile en el centro, Carlos, con su porte altivo y movimientos precisos y sensuales, era una figura magnética para quienes lo rodeaban. Pero solo yo conocía la calidez embriagadora de su risa cuando se desprendía de las formalidades.

 

  Nos encontrábamos casi todas las tardes en mi apartamento, un espacio pequeño en el corazón de La Habana Vieja. Mi habitación, era poco más que un colchón desvencijado, una ventana que apenas dejaba entrar la luz y un rincón donde descansaban mi guitarra, mis letras y mis sueños. Pero en ese lugar estrecho, nuestras almas y nuestros cuerpos se expandían. Nos tendíamos sobre la cama sudorosos, sus dedos largos recorriendo mi piel y sus labios carnosos buscando con avidez consuelo, me alejaban de la tierra, rozando con mis manos el cielo. Entre tanto, yo, le musitaba letras de canciones de amores imposibles que nunca verían la luz del día.

 

  —Tú eres mi melodía favorita —le decía, con el pulso acelerado al sentir su aliento en mi cuello.

 

  —Y tú eres el compás que mantiene mis pasos —respondía, con los ojos brillando como las estrellas que apenas podíamos ver desde mi ventana.

 

   Pero La Habana de mil novecientos setenta, tan hermosa y vibrante, también sabía ser cruel. Las miradas indiscretas y los cuchicheos de los vecinos eran un recordatorio constante de que nuestra felicidad tenía límites. El amor entre hombres como nosotros no solo era un secreto; era un pecado, un crimen, una aberración.

 

  Una tarde, mientras desnudo, afinaba mi guitarra y Carlos me hablaba de un nuevo alumno de la academia, alguien aporreó la puerta con furia. No hubo tiempo para preguntas. Tres hombres uniformados entraron como un huracán.

 

  —¡Al suelo! —gritó uno de ellos. La voz retumbó en mi pecho y en mi mente como un disparo. Carlos me miró muerto de terror. En ese instante nuestras vidas se desmoronaron. 

 

  Nos esposaron a la vista de los vecinos que miraban desde los ventanucos, con mezcla de curiosidad y temor. Uno de ellos, Julián, un bailarín de la academia, evitó mi mirada. Al instante, todo tuvo sentido. Él había sido quien, celoso de Carlos, nos vendió, como a Jesús, por treinta monedas de plata. Nunca imaginé que llegaría con su cobardía, a destruir dos corazones plenamente enamorados.

 

  En la Comisaría de policía, nos separaron; perdí de vista a Carlos y, después de recibir una paliza que me dejó el cuerpo totalmente magullado, me interrogaron. 

 

  —Confiesa y quizás te dejemos ir, “pinguero de mierda” —me dijeron. ¿Pero qué podía confesar? Amar a alguien no es un crimen, me repetía una y otra vez. Pero en aquel mundo hipócrita y cruel, sí lo era.

 

  Cuando volví a verlo, semanas después, sus ojos vivaces y llenos de vida ya no eran los mismos. 

 

  —Esto no puede continuar —dijo con un hilo de voz. Sabía que no era su decisión, sino el miedo, el dolor y el peso de una sociedad que nos negaba. La revolución había dictado sentencia.

 

  Esa fue la última vez que lo vi. Dicen que cerró la academia y se marchó a Santiago, donde empezó  a bailar de nuevo. Yo me quedé con mi guitarra y mis canciones que nunca podré cantar. Y cada vez que camino por el Malecón, solo y sangrando de desamor, escucho su risa en el viento, una melodía  triste que siempre será solo nuestra.

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