Pelo y pluma
Juan Fernando Ruiz Claver

La Linda ha pasao toda la noche con azogue, barruntando que toca campo; me sentía de preparar el morral, llenar la canana, untar de grasa las botas y desmontar la fusca para limpiarla.
Pero no puede ser: la pobre anda movía con el celo.
Mi Linda es una hembra de Drahthaar que me trajo mi cuñao de Alemania. Fuerte y con mucha sangre, está enseñá cazar laceando al silbato, aguanta bien la muestra y cobra de dulce; la verdad es que la tengo muy fina.
Mañana no sale; habrá que apañarse con los del Manolo: “Jaro” y “Nemo”, dos Pointers ingleses con buenos vientos, aunque van cazando de largo, a mi entender.
Quedamos a la siete en “Casa Frasca”, un bar a mitad de camino a la finca, donde nos tienen preparao el tentempié.
- ¡Buenos días, señores! … arrimarse a la lumbre que la mañana está fresquita; las migas están en las trébedes; ya saben: “cucharada y paso atrás”. En las cazuelas de barro tienen Atascaburras, Tiznao y Pisto con magras. Pan de cruz para el sopeo, y tinto con gaseosa en el porrón. Y en el puchero, junto a los tizones, carajillo bautizao con coñac y unos enaceitaos de la casa; ¡Que aproveche!
Yo no suelo emplearme almorzando, porque luego se me viene arriba y se me ponen las tripas de punta.
Llegamos al coto justo abriendo la mañana; aparcamos los coches bajo una encina, junto al cocero. Allí esperaban las otras cuadrillas, y el 4x4 de los Rurales, para, como es menester, leernos la cartilla:
-Señores, buenos días a todos: hoy daremos la zona oeste de la finca, lo que es la umbría; desde el “Cerro del Lobo”, hasta el “Arrollo Seco”, justo donde marcan las tablillas. Nada de cazar los emparraos con goteo. No se crucen, y no se metan en las morras que linda con la siembra, que esos terrenos están reservados a los galgueros, y ya los tocaron ayer.
Y ya saben: prohibido ojear o cortar la caza; por último: recojan las vainas del campo. Salen ustedes a mano en grupos de a tres, y a eso de las 17:30 h, cortamos y pa casa; ¡buena jornada! -
Desenfundo la superpuesta, lleno la canana y me cuelgo el morral; mientras, los perros saltan encendios del remolque y se alivian rápido.
Nos acompaña en la terna Diego: un chaval con pinta de señoritingo, pero con buenas piernas, que trae dos Bretones con mucho nervio.
-Venga que arrancamos; voy yo en el centro, que no traigo perro. No nos separamos mucho, que el terreno está sucio y si dejamos hueco entre medias, se nos vuelve la caza-.
Comenzamos la marcha; la mañana es perfecta, sin aire y lo justo de fría pa que levante la caza y no se apaste.
No llevamos mucho andao, cuando los de al lado nos cucan un lance:
- ¡Cu-Cu, Juan, Cu-Cu!...
Una orejona arranca del pasto como una bala, cruzándose de izquierdas, algo larga para que la tiren ellos, directa a nuestra postura.
Quito el seguro y me encaro, con tiempo de sobra para dejarla cumplir, mientras Manolo sujeta los perros para que no se arranquen.
Un disparo certero hace rodar la liebre:
- ¡Cobra Jaro; cobra!... ¡Buen chico mi perro!... ¡Trae!
El perro porta la liebre en la boca hasta que Manolo se la quita, como está mandao.
¡Buen tiro, Juan!... hoy ya no te vas bolo!
Al poco, mientras pateamos un liego, los dos pointers se clavan, regalándonos una preciosa muestra a patrón…
- ¡Quieeeto! ... ¡Quieeeeto! - les manda Manolo para que aguanten puestos, mientras les indica con la mano que caminen suave tras la pieza, que intenta huir apeonando.
Un fuerte cacareo y el batir de las alas rompe el momento: la perdiz alza el vuelo, mientras Manolo ordena el “tumba” a los perros, al tiempo que se encara. Dos disparos esta vez, porque el sol, de frente, molesta en el primero.
Con el segundo, la perdiz suelta pluma e inicia un ascenso en vertical…
- ¡Está haciendo “la Torre” … pero va tocada y ha caído de ala!...
¡Mira Manolo: aquí está el pelotazo! -
Jaro y Nemo dan con el rastro y rompen a guiar, hasta cobrar la pieza: un viejo macho de perdiz roja autóctona, como indican sus espolones.
Manolo felicita a sus perros, mientras se cuelga la patirroja en el apiolador.
Termina así buen lance: siempre con la pieza abatida y cobrada; porque no hay nada peor para un cazador, que dejarse caza muerta en el monte.
