Una mirada triste
Manuel Cabezas Velasco

Caminó por la calle y se encontró a una pareja y su hijo. Todo parecía normal, pero el gesto tras las oscuras gafas de la joven no hacía presagiar nada bueno. La muchacha, conocida desde su tierna infancia, siempre despertó las miradas más envidiosas y lascivas de los que la encontraban a su paso. ¡Era tan guapa desde niña! Aquel hombre se incluía, la conocía bien y de largo tiempo, incluso siendo vecinos.
Pero aquel día las sensaciones eran extrañas. No sabía qué pensar con certeza al no tener la fisonomía totalmente al descubierto.
«¿Qué pasaría entonces?», se preguntaba.
Así estuvo durante una semana, buscando posibles alternativas de esa mueca, aunque como desde hacía años estaban distanciados, no conocía mucho de ella. Eso cambió el día en que una vecina, de aquellas chismosas habituales que siempre acababan enterándose de todo, al coincidir en el rellano de la escalera, le interpeló:
- ¿Te has enterado de lo que ha pasado con tu vecinita? – le inquirió con muy mala intención, pues siempre había sentido celos al saber que él bebía los vientos por ella.
- No sé nada. Hace seis o siete días que no la veo, ni a su pareja ni al niño.
- Yo sí lo sé y no te va a gustar. Mejor pasamos a tu casa y te lo cuento mejor.
- ¡Déjate de cuentos y chismes, Carmela! ¡Dime ya lo que sepas y no me hagas retrasarme, que tengo que trabajar! – respondió malhumorado.
- ¡Hazme caso, pasemos a tu casa! –, a lo que, al ver su rostro serio, accedió–. Tengo entendido que ese día se fueron al hospital y a nada bueno.
- ¡Ve al grano, Carmela! ¿O tanto placer te da hacer sufrir a los demás? Ya te dije que no sabía nada, aunque pensándolo bien, no la vi ni a su pareja ni al niño. ¿Qué me quieres decir?
- Ya te avisé. Estas cosas, incluso a mí, no me gusta decirlas, pero tu querida amiga falleció esta mañana-. Cautelosamente se lo dijo, estando en su vivienda.
- ¡Dios santo! ¿Cómo se te ocurre soltarme algo así? Acaso no sabes... – ni acabar aquella frase pudo.
- ... Lo sé, Hugo, aunque me duela admitirlo, sé lo que sentías por ella, y no era mi intención ponerte así, pero no tenía tu teléfono y tampoco te veía en casa para poder avisarte. Por eso era necesario decírtelo aquí.
- Está bien, pero ¿qué más sabes? – inquirió aquel joven enamorado tras recibir tan brutal mazazo.
- Poco, aunque según me enteré, estaba enferma de algo, no te sabría decir de qué. Cáncer u otra cosa, ¡qué sé yo! Pero ahí estaba el problema. Al ir al hospital no pareció que llegaran a tiempo. Luego ya el padre y el chico se fueron a casa de los abuelos, los padres de Ana, para prepararlo todo.
- ¡No puede ser! ¡Ella noooo! ¡Maldita sea!
- ¡Serénate, muchacho! ¿Te hago alguna infusión para que se te calmen esos nervios? ¡Así no estás en condiciones para ir a trabajar!
- ¡Se me olvidaba! Me tengo que ir, Carmela. Hoy no puedo llegar tarde pues hay asuntos urgentes que atender. Te doy mi teléfono para que me digas cuanto sepas. Hazme una pérdida o envíame un WhatsApp para tener el tuyo. Gracias.
Nuevamente ambos regresaron al descansillo de la escalera, y se despidieron. Entonces el joven Hugo no paró de darle vueltas ante tan impactante noticia y, cuando estaba aparcando, sonó su teléfono y, consultando la bandeja de WhatsApp, leyó: «Está en el tanatorio donde velaron a tus padres. Mañana por la mañana habrá una misa allí a las once, y después la enterrarán cerca de casa de sus padres. Ya sabes tú su dirección. Allí estaré por si me necesitas. Carmela.» A ello el joven respondió de inmediato: «Muchas gracias, Carmela. Allí te espero, pues serás bienvenida.»
El joven, mientras entraba en el edificio de su empresa, seguía dándole vueltas a la cabeza y recordaba la errónea impresión que la había causado aquella turbadora joven con su oculto rostro por las lentes oscuras. Creyó observar restos de algún moratón o algo así, y lo que menos pensaba era que fueran manifestaciones de una dolencia. ¿Cómo había juzgado tan mal a aquel esposo sin apenas conocerlo? Siempre había presumido de ser justo con las personas y había caído en la mayor de las trampas: el prejuicio.
