Lo que hay en el bosque
Seatel Enciso Pérez

La mujer caminaba con los pies descalzos, no porque así lo hubiera elegido, sino porque los caminos de la vida la habían ido despojando uno por uno de sus zapatos, luego de su voluntad y, por último, de su nombre. Ahora respondía al murmullo del viento, a la lluvia que caía con ternura sobre su cabeza sin cubrir. Algunos la llamaban “la errante”, otros simplemente “ella”, pero nadie recordaba cuándo había llegado al pueblo ni qué buscaba.
Esa mañana, como tantas otras en que la tierra huele a pasado, echó a andar por el bosque sin más compañía que una canasta vacía, el estómago hueco y una leve sospecha de que el mundo podía ser distinto si uno aprendía a mirar con los ojos del alma, aunque el alma estuviera remendada con hilachas viejas.
Avanzaba despacio, no por pereza, sino porque no tenía prisa. Los pobres saben que correr no acerca más rápido las soluciones. Entre las hojas secas, el crujido de sus pasos se confundía con el de los animales pequeños que huyen sin saber de qué.
Lo primero que encontró fue un pedazo de espejo roto, colgado en una rama baja. Se miró en él y no vio su rostro, sino el de su madre, que la había peinado con paciencia mientras le contaba mentiras piadosas para espantar el hambre. Lo guardó sin pensar. Después, vio una piedra redonda como pan, y la recogió porque parecía haber sido moldeada por manos bondadosas. No servía para venderla ni cocinar, pero era del tipo de cosas que ayudan a recordar que la tierra no fue hecha sólo para sufrirla.
Más adelante, al pie de un encino viejo, había una muñeca rota de trapo. No tenía ojos ni boca, pero tenía brazos largos para abrazar. Era la misma que había dejado caer su hija cuando la fiebre se la llevó, muchos años atrás, cuando aún tenía nombre y marido.
La alzó con el mismo cuidado con que se carga a un niño dormido.
Siguió andando. No buscaba nada, pero encontraba todo.
Llegó al claro donde los rayos del sol caían como lluvia dorada. Allí estaba un hombre sentado sobre una roca. Llevaba sombrero de palma y una camisa blanca con el cuello roto.
Tenía el rostro que tienen todos los que han trabajado sin descanso: curtido, sereno, resignado.
—Hermana —le dijo—. ¿Qué llevas en tu canasta?
Ella miró. Dentro estaban el espejo roto, la piedra redonda, la muñeca sin ojos.
—Nada que sirva —contestó.
El hombre sonrió con tristeza.
—Lo traes todo —le dijo—. ¿No ves que el mundo está hecho de recuerdos, consuelos y silencios?
Ella se sentó a su lado. No hablaban. En el silencio compartido se entendían. A veces el alma conversa mejor cuando la boca calla.
Cuando cayó la tarde, el hombre se puso de pie.
—Debo seguir —dijo—. Cada quien tiene su camino. Pero si encuentras un árbol que canta, escucha. Si ves una piedra que llora, consuélala. Y si un día el bosque te habla con voz de niño, responde sin miedo. Todo lo que fue y será está aquí, si sabes verlo.
Ella asintió. No preguntó su nombre. En el mundo de los que caminan con el alma herida, los nombres importan menos que las miradas.
Siguió andando. Ahora el bosque le parecía más lleno. Las ramas eran brazos, las raíces pensamientos, los troncos memorias petrificadas. Cada flor tenía un aroma antiguo, cada sombra una historia no contada.
Al llegar a un riachuelo, bebió agua con las manos. El sabor era el mismo que el del café tibio que su abuela servía los domingos. No había duda: el bosque contenía el mundo entero.
Antes de que oscureciera, halló una piedra plana donde sentarse. Sacó la muñeca, la limpió con el borde de su falda. La recostó sobre su regazo y le cantó una canción sin letra, una que sólo las mujeres que han perdido y vuelto a encontrar saben entonar.
En la cima de un árbol, un pájaro que no tenía nombre repitió la melodía. El bosque entero la escuchó.
Ella cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, no sintió hambre, ni frío, ni soledad.
La canasta, vacía al inicio del camino, pesaba ahora como una vida entera.
Y entonces supo que no necesitaba regresar.
Porque había llegado.
Al mundo.
Al bosque.
A sí misma.
