Agacharse
Gloria Fernández Sánchez

Vas con el joven que amas, y más profundamente de lo que crees, atraviesas la calle y la moneda brilla y te atrapa sin razón. Al recogerla, casi eres atropellada por un autobús. Te burlas porque eres joven y aún no concibes la muerte y porque tanto el ardor, como la fortuna, te sonríen.
Al pasar frente al establecimiento irreal de lotería te detienes; y juegas. El muchacho se retira, porque ha de estudiar un examen o, quizá, ya se halla ahíto de tus insistentes besos. Duermes y sueñas algo borroso, pero que ha sido cenital, como una civilización en ruinas o el canto de un pájaro moribundo. Hay un viento que cruje en los batientes. Al día siguiente conoces que has ganado una cantidad millonaria, más de la que suponías posible, y te acercas a cobrar.
Tus padres se preocupan y desean acompañarte. Por primera vez en tu existencia discutes seriamente con ellos y les dedicas unas palabras aborrecibles, acusándolos de avaricia. Tu padre se aquieta, bajando el cuello; tu madre, oída la injuria, calla, que es la forma de su llanto.
No sabes qué ha sucedido y lo achacas a los nervios del instante, a lo excepcional de las circunstancias. Sensación febril, taxi, las horas corren deprisa y despacio, exagerando ambos extremos. Cuando te presentas en la ventanilla, ofrecen una dirección. Hacia allí te diriges. El Estado, ese demiurgo que modifica el destino de los hombres, te congratula por boca de uno de sus empleados; y varios ejecutivos se aprestan a gestionar la cuantía inimaginable, ya que la empresa de ser rica es ardua.
Quieres adquirir algo extraordinario, en especial para la matriarca desolada, y demostrar así que tu cariño no se modifica. Pero no puedes meditar en tantos nudos simultáneamente y cenas con los economistas. Olvidas telefonear a tu novio, como solías hacer cada noche, para remachar el afán que os une. Una ebriedad nueva te inunda y las posibilidades, antes arrumbadas, parecen ensancharse.
Tu padre es orgulloso, como tú, y prohíbe las visitas. Ya no hablas con tus progenitores. Cada amiga que telefonea es puesta en duda y estudiada, como deudora potencial y vergonzante. Para digerir las nuevas emprendes largos periplos, con trajes espléndidos, a hoteles y naciones situados en el paraíso terrenal.
Desde que enriqueciste, el oro es tu dueño, y hace que el tiempo transcurra a velocidad vertiginosa. Ya eres una mujer madura, no has tenido hijos, extrañamente envuelta en goces innúmeros. Acudiste al funeral de tu madre, mas tu padre exigió que no te personases en el suyo, lo que te dolió sin medida. Tu novio se casó a los dos años de los hechos, vive una existencia sencilla y feliz. Quizá envidiable. A veces te has encelado pensando en que cada noche una mujer lo tiene junto a sus hombros, aspira su aliento, se embriaga en su tibieza.
Viene el periodista; trabaja para un diario importante. Te sientes tan sola, entre la frialdad de tus sirvientes, de sus odios y ritos, que aceptas sus preguntas. Al ser inquirida qué cambiarías del pasado, solo puedes responder la verdad.
—Volvería a aquellos años y, al cruzar la calle, en vez de recoger el maldito trozo de metal, me abrazaría al muchacho delicado, fuerte, afectuoso, que me quería, a quien yo amaba. Y al regresar a casa compraría, con los remanentes de aquel sueldo parco, un obsequio a mis padres.
—¿Seguiría usted siendo pobre? Y ¿qué me dice de todos los países que ha visitado? ¿Las causas que apoyó y por las que es reconocida? ¿Los placeres, las experiencias? ¿Se privaría de ello?
—Sin dudar un segundo.
El periodista es joven. Juzga que la demencia ensombrece las conclusiones de aquella dama. El chico precisa metálico, le es imperativa y repugnante tal necesidad. Así que abandona la mansión; ve que el autobús se aproxima. Nervioso, azarado, atraviesa la calle atolondradamente. Entonces ve una moneda. Brilla mucho, como un sol autónomo. Él enmudece y no se permite meditar. Se agacha a recogerla.
