Mujer, emociones vividas

Viky Ciudad (Antonia Guijarro Morillo)

Nadie dijo que fuera fácil. Laura se fue hundiendo sola y en silencio. Dentro de su corazón aún dejaba ver un pequeño halo de luz, a pesar de sus antiguos fracasos y rencores. Laura hacía tiempo que no experimentaba eso que llaman felicidad; quizá incluso nunca la conoció.

 

Amanece de nuevo en la ciudad de Los Ángeles. Laura despierta entre inquietudes y premisas. Alguien llama a la puerta: es Mario, su nueva pareja, un tipo encantador.

 

Laura abre la puerta semidesnuda. Mario no puede resistir y la coge por la cintura; se funden en un profundo abrazo. Los dos, sin mediar palabra alguna, pensaron lo mismo: que esta vez apostarían fuerte, echarían toda “la carne en el asador”, se dejarían “la piel si fuera necesario”. Estaba claro: corrían tiempos de amor y felicidad.

 

Cierto día, de esos en que luce el sol y el aire huele a fresco, Laura se levantó de un salto de la cama con cierta energía. El aroma a café se expandía por la cocina; el trinar de los gorriones se colaba por la ventana entreabierta del salón. Era tan feliz. Ese día, la llamada de Mario se hizo esperar algo más de lo normal, pero nuestra protagonista no le dio demasiada importancia. Como siempre, se colmaron de cariños, pero esta vez él le dejó claro que estaría muy ocupado y directamente quedaron para cenar.

 

Ella pensó que ese día lo dedicaría a ponerse guapa; incluso le pediría que quería pasar el resto de su vida con él. Para ello, se vistió y salió a la calle con la única misión de satisfacer los deseos de Mario. Laura no podía ser más dichosa. “He tenido mucha suerte”, pensaba. Pasó por la peluquería y llegó hasta su tienda favorita. Se compró un precioso vestido a juego con los zapatos que Mario le había regalado para su cumpleaños. A la altura de Pershing Square se encontró con Carolina, una antigua compañera de trabajo. Pronto las dos amigas se pusieron al día de sus desdichas y triunfos.

 

Laura había decidido completar el conjunto con algo de lencería fina. Para ello, se dirigieron a una tienda de firma muy conocida. Entraron entre carcajadas y risas. Pronto encontraron lo que querían… y algo más. De repente, a Laura le cambió el color de la cara: allí estaba él, con su inigualable figura, con la sonrisa perfecta. Entre las manos llevaba un precioso conjunto de seda negro. Ella pensó en lo bonito que era el conjunto y lo bien que le quedaría. Mario se dirigió a los probadores, se paró ante uno de ellos y pronunció el nombre de Charlotte. Se abrió una de las cortinillas. Detrás se dejó entrever una joven con cara angelical, preciosa, de cabello rubio y preciosos ojos color miel.

 

Laura no podía creer lo que estaba sucediendo. Tragó saliva, notó cierto mareo, estuvo a punto de desvanecerse. Carolina la cogió como pudo. Una de las dependientas del local se percató de ellas y les echó una mano. Se llevaron a Laura a una sala donde la sentaron y fueron a buscarle algo caliente para relajarla. Mientras tanto, Mario y Charlotte estaban a lo suyo, sin percatarse de nada en absoluto.

 

Pasados unos minutos, Laura se levantó y se dirigió a donde estaban ellos. Mario, al verla, enmudeció. Se quedó frío, se echó las manos a la cabeza y, por un momento, rozó la locura. Laura, en cambio, lo tenía muy claro. Esta vez no iba a permitirse otra decepción. Tampoco estaba dispuesta a hacer ningún numerito de celos. Todo lo contrario: tomó aliento, se acercó a Mario y, frente a frente, le dijo:

 

—Hoy pensé que lo nuestro tenía un futuro. Hoy podríamos haber sido los seres más felices del mundo. Pero gracias a tu inmadurez e hipocresía, la que ha tenido mucha suerte y es feliz hoy… soy yo.

 

Y se fue de allí tan rápido como pudo. Carolina fue detrás. Las dos se pararon a una manzana de allí y, sin mediar palabra alguna, Carolina cogió la mano de Laura y la besó con amor y pasión. Se besaron todos los miedos, incluso los más profundos. Se dejaron llevar y disfrutaron de ese momento tan maravilloso. Laura comprendió que la vida no hay que subestimarla, sino que hay que vivirla; que nunca hay que perder la esperanza, confiar en nosotros, amar a los nuestros y, sobre todo, que nuestra felicidad depende de nosotros mismos.

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