Venganza natural
Lina Andrea Preciado Cano

El viejo Ziegland era tan avaro como sus ancestros, quienes habían llegado a colonizar las tierras del norte a la fuerza. Y, como ellos, impuso su ley ante una viuda y sus hijos que no tenían más que un pedazo de tierra para hacerle el quite a la miseria.
Ziegland se aprovechó de su poder e hizo que la viuda fuera desalojada de su propiedad, dejándola solo con algunos trastos viejos y muchas bocas que alimentar.
Sin embargo, la mujer no se quedó de brazos cruzados.
Un día, el viejo estaba revisando el recién adquirido terreno con su arquitecto. Discutían las medidas del nuevo establo, resguardándose del sol inclemente del mediodía bajo la sombra de un álamo, cuando, de la nada, se oyó un disparo. Para la buena fortuna de Ziegland, la puntería de la viuda falló y la bala fue a clavarse al tronco del árbol. La pobre no tuvo más remedio que huir, no sin antes dejar a sus hijos al amparo de las monjas, ya que con ellas no morirían de hambre.
A los pocos días, estando ya bien lejos, leyó en el periódico local que el incidente se había debido a una bala perdida que, por suerte, no había lastimado al terrateniente.
En la fotografía de la primera plana el viejo posaba orgulloso, señalando la bala alojada en el tronco.
El proyecto avanzaba, pero el álamo seguía siendo un problema por su cercanía al pozo. El arquitecto sugirió construir otro, pero Ziegland no quería pagar de más.
Una noche, el viejo salió de su casa llevando un atado de dinamita. Aunque el árbol le había salvado la vida, decidió deshacerse de este por mano propia.
Sin más que la compañía de una lámpara de aceite, cavó un hueco entre las bien afianzadas raíces e introdujo el explosivo. Encendió la mecha y salió a correr hasta una distancia que consideró prudente.
En efecto, el álamo voló en mil pedazos, pero con lo que no contaba era que la bala incrustada se disparó por segunda vez y, yendo a parar a su pecho, le mató al instante.
Los chismes corrían como pólvora entre los pueblos recién fundados y la viuda no tardó en enterarse de lo sucedido. Casualmente le escuchó decir a un cochero de diligencia que Ziegland había muerto por una bala que había salido disparada de la corteza de un álamo. La gente lo escuchaba con una cara entre asombro e incredulidad. Alejándose, la mujer pensó que a Dios nada se le escapa.
