Violenta oscuridad
María Jesús Rosales Palencia

Dicen que todo lo que respira está unido por un hilo conductor indivisible, que lo que le sucede a un alma provoca un efecto dominó en sus semejantes de forma inexorable, pero para Ana, enfermera, aquello era pura demagogia, un cúmulo de palabras sin orden ni concierto, unas desalentadoras imágenes en el televisor pugnando por la igualdad de género, el eco del presentador al señalar una nueva víctima (aunque podría parecer, por la similitud, ser siempre la misma, una y otra vez), y poco más.
Ana vivía, tras la falsa seguridad de la educación universitaria, en su castillo de naipes, construido a base de sueños, de trabajo y de tesón.
Nada parecía romper su enérgica complicidad con el entorno ni vio cómo se cernía la violenta oscuridad sobre su destino.
Conoció al desordenado sujeto que la hizo enfermar de tristeza, el que le inoculó la equivocada idea de un amor envenenado, aplastante e infernal, y que la hizo menguar, poco a poco, a través del excesivo control y los insultos, el círculo vicioso de los horrores, que dejó su autoestima rota por el suelo.
No tardaron en llegar los golpes y los perdones, los huesos rotos, los ojos morados, las mentiras. Y más golpes y más perdones hasta que, en su propia nebulosa de confusión, llegó a alcanzar la certidumbre de que había algo profundamente erróneo en ella, a sentirse culpable, sin valor, como la sombra de un bulto que se asomaba a la muerte a través de los ojos de su verdugo.
Tres años después, Ana luchaba en el interior de una UVI móvil contra una parada cardiorrespiratoria, devastada, molida a golpes, en ruinas.
Mucho después de aquel espantoso episodio, ella asegura que escuchó la voz del enfermero, mientras le inyectaba la medicación, diciéndole:
-Quédate. Aún es pronto para marcharse. La vida es un suspiro al que hay que aferrarse con usura porque también hay hombres buenos bajo la cúpula del universo.
Despierta, no está sola. Eres mucho más de lo que crees, única, insustituible y no podría soportar que se me escurriera entre los dedos una mujer tan valiosa como tú-.
Lo cierto es que ella sobrevivió a la última paliza del que tanto decía amarla, y lo hizo porque aún quedaba en ella una fortaleza residual maravillosa, porque también hay hombres buenos sobre la faz de la tierra y porque todos estamos unidos por un hilo conductor indivisible.
