Beso de ángel
José Luis Guerrero Carnicero

(Relato basado en la canción «Summer Wine» de Lee Hazlewood)
Le habían contado muchas cosas sobre aquella ciudad, pero nadie le advirtió de que sentiría el mar en la piel antes de ver la línea que separaba la espuma de las nubes. Instintivamente, miró sus espuelas de plata, tal vez para recordar quién era.
—Hola, vaquero —lo saludaron unos labios sonrosados, enmarcados en el rostro más bonito que había visto nunca.
—Hola —, respondió él con timidez, tocando el ala de su sombrero. Pensó que aquella mujer tenía que ser un ángel.
Estaba sentada sobre una estera en la arena. Su corta falda dejaba ver gran parte de sus torneadas piernas y su melena rubia caía sobre los hombros. De una cesta de mimbre asomaba el cuello de una botella con líquido rojo oscuro.
—¿Sabes tocar? —preguntó, señalando la guitarra a su espalda.
—Claro. Vivo de mis canciones… o eso intento.
—¿Las compones y las cantas?
—Sí. ¿Quieres escuchar alguna?
—Por qué no. Siéntate; pero quítate las espuelas, no vayas a romperme la estera. Por cierto, ¿dónde está tu caballo?
—Vine en autobús —contestó serio.
La rubia rió. —Era una broma. Nadie lleva espuelas sin montar.
—Son un amuleto. Mi abuelo se las dio a mi padre, y él a mí el día que murió.
Ella arrugó la nariz con gracia.
—Pues descálzate y siéntate. Tengo algo mejor que tu canción: mi vino de verano. Soy Nancy.
Vertió en un vaso una generosa cantidad.
—Esto está buenísimo —exclamó él tras un trago—. ¿Qué es?
—Vino local con fresas, cerezas… y un secreto que yo llamo beso de ángel.
—Entonces brindaré por ti y por ese beso.
El vaquero apoyó la guitarra en su pierna y rasgó las cuerdas. Pero el sonido se le antojó lejano, como si alguien apagara el mundo alrededor. No recordaba la letra. Los párpados le pesaban como hierro.
—No sé qué me pasa… será el calor —musitó.
Nancy lo miraba en silencio, sonrisa intacta, mientras acercaba el vaso. —Bebe un poco más, te sentará bien.
El vaquero despertó con los últimos rayos de sol. La luna llena ya ascendía sobre el mar. No había rastro de Nancy ni de la cesta. Solo quedaba el recuerdo de su sonrisa y aquel vino embriagador, culpable del aturdimiento que aún lo dominaba.
Tampoco estaban sus espuelas. Le dolía más la pérdida sentimental que la material. Al rebuscar en sus bolsillos comprobó que también habían desaparecido las pocas monedas que guardaba.
Al menos seguía allí su guitarra: quizá ella no le vio valor, o tal vez era demasiado voluminosa para llevársela.
Con el orgullo maltrecho y la cabeza pesada, se obligó a ponerse en pie. Quiso considerar el episodio como una lección. Seguía teniendo lo esencial: sus canciones y su vieja guitarra. Con eso debía empezar su nueva vida.
