En la casa de la playa

José Ruiz Ramírez

La casa de la playa, que no es casa, sino piso, respira apoyando su vientre de ladrillos y tuberías sobre nuestra soledad. Siempre respiró, porque tiene vida propia, en la que las nuestras se enredaron como una planta que coloniza su porción de naturaleza, uniendo el pasado con el presente en una cadena en la que ya no soy capaz de distinguir el antes del después.  

 

Por la puerta corredera del salón se cuela la brisa de la tarde. Estoy en mi niñez, me veo al final de la misma, dando sorbos al inicio de la adolescencia. La cortina verde se mece con la fresca brisa que rebota bajo el toldo azul, de hojas verdes sobre fondo blanco, en su cara interior. Sobrevive el tiempo a través de la brisa verde que se filtra al salón, y que recorre los cuadros y la chimenea, sobre la que reposan algunos de los muñecos que se resisten a mi incipiente adolescencia. Brisa fresca y verde de mediados de los noventa que se cuela por la puerta corredera tras atravesar el toldo azul de hojas verdes y fondo blanco y que avanza por el pasillo hasta llegar al otro extremo del hogar, cargada con el aroma de verano, hasta el estudio de pintura de mi padre, donde mi madre le roba unas caladas a su cigarro, a escondidas de mí, mientras yo tan solo miro cómo se deslizan las cortinas verdes más acá de la cara interna del toldo, dándole frescor a la brisa veraniega que se cuela a través de la puerta corredera. Y entonces la mirada vuelve a la chimenea y al inmenso cuadro que mi padre terminó de pintar el verano anterior.

 

Y con la chimenea encendida y la puerta corredera cerrada, trato de no pensar en tu muerte, papá. El tiempo voló sin permiso y los corazones acumularon millones de latidos. Estás de cuerpo presente, pero no estás cálido, sino frío, así que más bien debería decir que estás de ausencia presente. Ya no estás, te fuiste y te llevaste tu sonrisa y tu calor. Ya tu sangre no recorre tu alma. Yo te miro, papá, tu gesto marca la frontera entre la realidad y el infinito. Te beso la frente y te doy las gracias, para bien o para mal. Entonces me giro y veo al niño que fui corriendo a través del alargado balcón que conecta todas las habitaciones de la casa de la playa, que no es casa sino piso, llegando a la puerta corredera del salón, por la que entra la brisa verde de todos los veranos, hasta llegar a tu estudio de pintura donde mamá fuma un poco de tu cigarro a escondidas de mí. 

 

Y ahora, en la casa de la playa, que no es casa, sino piso, estoy mirando el alargado balcón que conecta todas las habitaciones. Ya no está el toldo, que se deshizo con el paso de los años, como nuestra piel, así que son las cortinas verdes las que sostienen toda la intemperie que penetra a través del ventanal del salón. Aquí sigue la chimenea, ennegrecida por el paso de los inviernos. Aquí, el pasillo interior que llega al estudio de pintura de mi padre que ya no es más que una blanca y fría habitación impersonal. Intento pensar en la vida, pero la locura de una gaviota me devuelve a la realidad. Recuerdo las gaviotas y los barcos marineros llegando al alba, remontando la ría tras dejar atrás el mar. Entonces toda la casa se colorea de recuerdos: aparecen los toldos, los juguetes sobre la chimenea y el ruido de chanclas de mi padre. 

 

Es el mismo lugar, huele a la casa de verano, como siempre olió. Huele a querer ir a la playa, a querer quedarme un poco más viendo la televisión, huele al puesto de camarones, a la brisa marinera ocupándolo todo, a los vendedores de caballas, al aguarrás del estudio de pintura, a la esterilla enrollada en el rincón, a la sombrilla descolorida, al cubo para hacer castillos en la orilla… Huele a la casa llena de vida y de porvenir.

Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones

Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.