La tragedia de Dulcinea, un Quijote para sus deudas
Patricia Elena Morales Betancourt

Dulcinea buscaba a alguien que la defendiera del matoneo que sufría a diario por su figura regordeta y la piel llena de granos. De tanto esperar a que el Quijote regresara y la cortejara de nuevo, tuvo que recurrir a las redes para rencontrarlo. Se inscribió en Tinder. Le habían prometido que, más temprano que tarde, allí recuperaría a su Quijote.
Algunos la desanimaban:
—El Quijote hace mucho que murió. Nadie se hará cargo de ti.
Ella lloraba, no tanto por los insultos, sino por las realidades que leía acerca de su “ex”.
—Estaba loco y, cuando se enamoró de ti, lo hizo por interés propio. Fuiste la disculpa perfecta para justificar su demencia.
Ella no daba crédito a que tantas personas se burlaran de él.
—Creyó que los molinos eran gigantes y que tenía que derribarlos para darte gusto a ti. No te dedicó el tiempo que merecías.
Otros se unían y la criticaban:
—Tú eres una imagen falsa creada por el ego de un loco soñador. Tal vez fue la excusa que utilizó para ocultar su miseria.
Y las más atrevidas le aconsejaban:
—Consulta con un dermatólogo para que te arregle la cara. No olvides visitar una nutrióloga que te haga bajar de peso. ¿Quién querrá estar contigo? Tienes un cuerpo de ballena y nadie podrá abrazarte.
Dulcinea estaba desesperada y se desahogaba comiendo chocolates y dulces que en nada ayudaban a su silueta. Después de revisar sus correos y leer que el Quijote no le respondía, decidió remitirse a Sancho.
—¿Pero cómo te atreves a escribirle a Sancho, si está casado?”, la criticaron las más recatadas.
Dulcinea tenía serios problemas: matoneo, soledad y desesperanza. ¿Quién podría amarla con su figura regordeta y granos en la piel?
Decidió irse para donde un dermatólogo. Suplicarle que le ayudara con su problema de acné. El galeno, ambicioso por salir en las redes sociales y vender, le aplicó todos los medicamentos de moda, la curó y le advirtió.
—Tranquila señora; si vuelven a aparecer tendrá que comprar los medicamentos de por vida. Ya sabe cómo aplicárselos.
Al poco tiempo, ella recuperó sus kilos y los granos en la piel, era pobre y tuvo que seguir buscando por Tinder al Quijote para que pudiera saldar sus deudas. Era el culpable de su desgracia. Nadie se le acercaría, por estar comprometida con él; menos Sancho, por su lealtad.
El Quijote nunca llegó. La pobre Dulcinea, sola y triste, se quedó esperándolo frente a la pantalla del computador, comiendo chocolates. Sabía que, si lo hallaba, él le pagaría los tratamientos antiacné. ¿Y por qué no?. Se trataba de unas cuantas cirugías. Ya había pasado mucho tiempo desde que su libro salió a la luz y él era el único culpable de su vejez.
