El incendio

Rockatansky (Jesús Yébenes Montemayor)

El incendio sorprendió a los vecinos al anochecer. El humo bajaba de las laderas y se enroscaba por el metal de las farolas, penetrando subrepticiamente por el globo de vidrio, posándose en el filamento y volviendo la luz tiniebla.

 

Al principio creyeron que era un jirón de niebla que se había perdido por los intrincados desfiladeros de las montañas, pero el tufo de la madera quemada, como si todas las chimeneas del pueblo se hubieran encendido, les removió las vísceras y llenó sus corazones con el augurio de la catástrofe.

 

Luego el viento trajo la lluvia. Pero no cayó agua. Llovía ceniza, pavesas aún ardientes que convertían la hojarasca en brasa. Los mozos se remangaron y con escobas y rastrillos golpearon las pequeñas llamas para acabar con su incandescencia.

 

La actividad se paró, o, mejor dicho, enloqueció. Los comercios se cerraron, se abandonaron las labores, el bullicio de los bares se quebró. Algunos corrían, otros se afanaban en penetrar con la vista la densa capa de humo para así determinar de dónde procedía la amenaza. Pero todo era inútil. Aquella humareda se extendía desde todos los puntos cardinales para concentrarse sobre las calles del pueblo.

 

Los hombres gritaron, las mujeres sollozaron y las vacas mugieron. Los más viejos ahogaron en sus gargantas el lamento atávico de quien ya ha conocido el fuego. Las campanas se sumaron al alboroto y su repicar pudo apenas traspasar el humo y perderse por los desfiladeros hasta desaparecer en la nada asfixiante del efluvio de la combustión lignaria.

 

Luego llegaron las sirenas, y el azul tiñó la algodonosa bruma blanca, concediéndole así apariencia de neón, a medio camino entre el relámpago y la descarga eléctrica de una bobina de Tesla.

 

La noche pasó entre fútiles esfuerzos y la amenaza naranja del fuego cercano. Con la luz del alba los hombres volvieron con la cara tiznada y los brazos colgando, la expresión fatigada y los ojos temerosos volviendo a cada segundo la vista atrás.

 

Por un momento el viento dejó de soplar y un silencio extraño invadió las calles, haciendo creer a sus vecinos que todo había sido un mal sueño. Pero entonces lo oyeron: el sonido de las piñas al estallar, el crujir de la corteza de los pinos, el ruido sordo de las hayas al caer, el crepitar de las encinas… 

 

El fuego lamía los huertos y las casonas de la periferia. Se evacuó a los ancianos y a los niños, pese a sus protestas; y al ganado, que se movía inquieto ante la cercanía de las llamas.

 

Y al final, ante el empuje de un viento abrasador que arrastraba el infierno consigo, todos abandonaron el pueblo. Los vecinos miraron con ojos acuosos las viviendas llenas de recuerdos que dejaban atrás, los huertos y las cosechas por las que tanto habían trabajado, puestas ahora a merced de las llamas; las lindes por las que se habían enfrentado, la plaza donde jugaban los niños, las fuentes de caños de bronce donde habían cantado, los emparrados bajo los cuales se habían besado…

 

Y ni siquiera las lágrimas que anegaron sus ojos fueron capaces de extinguir el centelleo del fuego que en ellos se reflejaba.

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