Contra reloj
Pedro Antonio García Zanón

Los relojes más antiguos de la ciudad se precipitaron a una desesperación abrumadora cuando su líder, el majestuoso reloj de la catedral, perdió el minutero. Consciente de su inminente desaparición, lanzó una alerta caótica a través de campanadas descompasadas y agonizantes, revelando un oscuro complot contra todos los relojes mecánicos, sin importar su antigüedad, calidad o marca. La amenaza se extendía también a sus descendientes digitales y a aquellos sincronizados por radio o internet que, aunque parecían más protegidos, estaban igualmente en peligro: sus pantallas corrían el riesgo de estallar por la sobrecarga de las baterías, poniendo en juego la integridad de sus propietarios, tal y como urgieron, entre el pánico, las emisoras de radio y de televisión.
El pavor creció de forma exponencial. Algunos relojes ya habían explotado, dejando cicatrices visibles en la piel de sus dueños y un miedo invisible, pero persistente, en todos los demás. Dos días después, la verdad salió a la luz como un mazazo: la agresión no procedía de organizaciones criminales ni de ningún país en concreto. Había sido urdida, en secreto, en una asamblea mundial de relojes en desuso que reclamaban venganza por haber sido relegados al olvido, cubiertos de polvo, encerrados en cajones y sin reconocimiento por sus años de servicio implacable y puntual.
Relojes de arena, clepsidras, relojes de muñeca, de péndulo e incluso algunos digitales y de bolsillo rebeldes votaron a favor del ataque, impulsados por una rabia antigua que llevaba décadas acumulándose en silencio. Los únicos que se opusieron fueron los relojes de sol, que se negaron a participar en aquella conspiración de sombras y engranajes heridos.
Sin embargo, al acecho se encontraban otros relojes casi desconocidos, contrarios a la revancha y dotados de un poder misterioso y supremo: los relojes de luna. Estos, capaces de medir el tiempo de los sueños, las mareas y los presagios, intentaron detener el complot, pero fueron expulsados de la asamblea por considerárseles imaginarios y presuntuosos, criaturas nacidas solo en las poesías y en la mente de escritores, magos y políticos.
Mientras tanto, la ciudad se hundía en una tensión insoportable. Cada campanada podía ser una señal, cada pitido una amenaza, cada tic-tac una cuenta atrás hacia el desastre. Nadie sabía cuándo ni dónde sonaría el próximo golpe horario del enemigo invisible. Y, en lo alto de la catedral, el reloj mutilado seguía sonando, tercamente, como si cada campanada fuera un último y desesperado aviso antes de que el tiempo, por fin, decidiera vengarse.
