Quijotes del siglo XXI
Alejandro Manzanares Durán

La tarde avanzaba sin pena ni gloria. Los jueves eran así en el concesionario: lentos, casi dormidos. Mis compañeros, expertos en esquivar historias que olían a soledad, desaparecieron en cuanto aquel viejito cruzó la puerta. Unos fingieron hablar por teléfono; otros se escondieron detrás de un teclado. Me lo endosaron con un gesto rápido. Otra vez el pesado para ti, parecieron insinuar al unísono y casi con mofa hacia mi persona.
Pero aquel hombre no era un pesado. Era un capítulo entero de la vida caminando con valentía por un mundo que ya no conocía ni le reconocía.
Venía erguido, con paso sorprendentemente firme. Me tendió una mano pulcra, casi aristocrática, y sus ojos brillaron en un último intento de atrapar la luz antes de que la memoria —devorada por el Alzheimer, “los pinchazos de la avispa”, como él los definió— se la arrebatara del todo. Hablaba con una vehemencia antigua, pero a ratos su voz se detenía. Las pupilas se perdían en un vacío espeso, y yo aguardaba inmóvil a que regresara. Para él debían de ser abismos; para mí, apenas segundos. Bastaba mi atención para rescatarlo.
Pidió permiso para quitarse el sombrero. Lo dejó sobre la mesa con un gesto ceremonioso, como quien honra un rito olvidado. Bajo él asomó una cabellera blanca, espesa, orgullosa. Noventa y un años y seis meses —lo dijo así, exacto—, y aún un brillo juvenil en los ojos.
Al principio le escuchaba por educación; ––me quedó claro desde el primer instante que allí no había un comprador––, pero a los cinco minutos, por pura fascinación.
Era profesor sin pretenderlo. Lanzaba preguntas, ofrecía pistas, celebraba mis aciertos como si fueran suyos. Saltaba de la medicina al teatro, de la política a la amistad, sin perder jamás la coherencia secreta de quienes aman la vida aun cuando la vida empieza a desdibujarlos. Narraba con tal fuerza que uno sentía que caminaba a su lado por hospitales militares, tertulias antiguas, pasillos llenos de nombres importantes que él pronunciaba como si acabaran de irse.
De repente me lanzó una pregunta sorprendente:
—¿Usted sabe reír con la “u”?
—No…
—¡Pues practique! Es mano de santo. A mí me lo enseñó un actor. Mire:
¡JUJUJUJUJU, jujujujujujú, JUJUJUJUJU!
La carcajada estalló en el concesionario como un trueno alegre que nos sorprendió a todos, incluidos mis compañeros. Me reí con él. No de él: con él. Había algo indomable en ese sonido, algo que se negaba a apagarse.
Era alto, espigado, de rostro enjuto. Sombrero de fieltro, abrigo digno, manos finas de médico militar acostumbrado a sostener cosas frágiles. Cada gesto suyo parecía una nota al pie de una época que ya no existe.
Agradeció mi tiempo y anunció que debía marcharse. Cuando se despidió, lo hizo con cortesía antigua: pidió disculpas por su entusiasmo, prometió volver y salió silbando una melodía improvisada, sombrero en mano, como si aún caminara por los pasillos de un hospital donde todos le esperaran.
Le seguí con la mirada mientras la puerta automática se cerraba tras él. Y entonces lo comprendí:
Aquel hombre era un Quijote del siglo XXI. Un caballero sin lanza que luchaba contra gigantes invisibles: los molinos de la soledad, del olvido, de una mente que se desmoronaba, sí, pero que aún se negaba a rendirse.
Durante unos minutos tuve el privilegio de ser su Sancho. Yo sostenía la conversación para que no se rompiera; él sostenía su dignidad para que no se deshilachara. Hoy no sabría decir quién sostuvo más a quién.
Y mientras lo veía alejarse calle abajo, me descubrí tocándome la frente, como si quisiera comprobar que yo también seguía aquí. Porque quizá todos llevamos dentro un Quijote que un día empezará a olvidarnos.
Tal vez lo único que lo mantiene vivo es que alguien —aunque sea un desconocido— le escuche cinco minutos más.
