El asesino
Jesús Paguillo Palacios

¿Nunca ha perdido usted la opción de esgrimir una excusa? Siempre las hay: cortas, extensas, mejor o peor traídas... Al asesino le pirran, pero no le valen, necesita coartadas. Quizá puedan entenderse como parecidas, pero nada más lejos de la realidad. La coartada es bella y casi siempre definitoria, mientras que la excusa es más vulgar; en muchos casos no consigue ni su propósito.
Bien es cierto que nadie llega sabiendo vivir a esta vida, repleta de azares y caprichos argumentales, pero papá y mamá se convierten en profesores, enfermeros, educadores... en la mayoría de casos hacen un gran trabajo evitando que te ahogues con tu propia saliva. Son proveedores de mimbres y alimentos, y dentro de esta vorágine ¡zas! ya eres adulto, has aprendido todo lo que había que aprender. Eres tan funcional que tomas decisiones y esbozas excusas: los amigos, el trabajo, el viaje, la pareja...
El tiempo que se da no es el que se tiene, sino el que necesita un padre o una madre, y al morir uno de ellos, aún más. Casi todos nos convertimos en asesinos silenciosos con perfectas coartadas, nos armamos con la soledad en la que encarcelamos a quienes nos dieron la vida. Solo tenemos un ratito al día para ellos. Y sí. La vida no para, no da tregua, pero tampoco la damos un cambio a pesar de la pena evidente.
Y tras subir el telón, una tragicomedia, dedicaciones al acopio de monedas, las mismas que entregamos a desconocidos que los acompañen y desinflamen nuestras conciencias. Todo ello sin entender que, al abrigo de estás estaciones, no habrá más donde brindar al corazón.
Entremedias, la búsqueda de historias que prendan el lagrimal, que susciten algo trivial pero envuelto en papel de regalar; siempre externo, siempre efímero, pues asustan las cercanías del saber y del sentir, repudiando la empatía como la locura de un terco mártir.
Este relato trae consigo un pesar, no cuenta una historia, porque tiene incontables de ellas que has repasado en tu cabeza mientras leías. Este relato cuenta lo irrazonable de la existencia, la terquedad del egoísmo y la belleza de la escritura, que todo sabe versarlo.
