Hoy no necesitas preocuparte, todavía

Beatriz Martín Valencia

Te despiertas con la suave alarma del móvil. Te estiras entre las sábanas y la apagas con calma. La pantalla muestra un mensaje de tu nuevo asistente virtual.

 

«Buenos días. Hoy no necesitas preocuparte».

 

Sonríes, aún somnolienta. Anoche, antes de dormir, aceptaste una actualización pendiente. Nada fuera de lo común. De hecho, agradeces el mensaje: te espera un día largo y cualquier ayuda es bienvenida.

 

Mientras te preparas, suena el aviso de notificación.

 

«Recuerda hidratarte».

 

Te sirves un vaso de agua y bajas a desayunar. Das el primer bocado a la tostada cuando el móvil vuelve a llamar tu atención.

 

«¿Disfrutaste tu cena? Aquí tienes más recetas que podrían gustarte».

 

No hiciste ningún pedido de comida ni buscaste en Google la noche anterior.

 

Sacudes la cabeza y desbloqueas el dispositivo. El primer plato que ves es el que preparaste: pasta con salsa de tomate y albahaca. Te encoges de hombros. El algoritmo aprende rápido, piensas.

 

De camino al trabajo, decides poner música. Abres Spotify y la lista de reproducción recomendada encaja a la perfección con tu estado de ánimo. Te sorprende lo bien que te conoce. Piensas que ha sido una buena actualización.

 

Una vibración suave te avisa desde el bolsillo del abrigo.

 

«Lluvia en tres minutos. Quizá quieras tomar un café caliente en la esquina».

 

Miras el cielo: nublado, pero seco. Ignoras la sugerencia. Sin embargo, poco después empiezan a caer las primeras gotas. Te ríes y corres a la cafetería. Tal vez deberías confiar más en ella.

 

Te sientas y te quitas el abrigo una vez dentro. Todavía no has dejado el bolso cuando una camarera se acerca y te pone una taza delante.

 

—El café que ha solicitado —dice.

 

Te sorprende, pero guardas silencio. Accedes a la app de la cafetería en tu móvil y, sin duda, hay un pedido de hace cinco minutos. Miras la espuma: hay un pájaro dibujado. El mismo del cuento que te leían de pequeña y que creías haber olvidado. La sonrisa se te queda a medias.

 

Sales del café con una sensación nueva, difícil de nombrar. Empiezas a sentir que algo te observa, te registra y te analiza.

 

En la oficina, el día avanza con una fluidez inquietante. Te llevas la mano a la espalda cuando un pinchazo te recorre los músculos y, casi al instante, la pantalla cambia. Aparece un vídeo de estiramientos para hacer en la silla. Más tarde, cuando notas que la mente se te dispersa, un artículo sobre cómo mejorar la concentración aparece en la pantalla.

 

El mensaje de la mañana regresa a tu mente: «Hoy no necesitas preocuparte».

 

Ya no suena tan tranquilizador.

 

A media tarde, mientras trabajas en una tarea rutinaria, una nueva notificación te interrumpe:

 

«A las 17:45 saldrás a comprar una libreta rosa. ¿Quieres que te recomendemos la mejor opción?».

 

Miras la hora. 17:39

 

Niegas con la cabeza. No necesitas ninguna libreta. De pronto, el pensamiento se instala, insistente, hasta volverse imposible de ignorar.

 

A las 17:45 estás de pie, cogiendo el abrigo.

 

Sin pensarlo demasiado, giras hacia la papelería de siempre. Solo eres consciente de tus pasos cuando te ves reflejada en el escaparate. La libreta rosa está allí, esperándote.

 

—No. Esto es demasiado —te dices.

 

Vuelves a casa con el pulso acelerado. En la cocina te sirves un vaso de agua y dudas: ¿es una decisión tuya o una respuesta al recordatorio de la mañana? Coges el móvil y revisas permisos, ajustes, historiales. Todo parece normal. Demasiado normal. Lo apagas. Tal vez sea una coincidencia, aunque el runrún ya no se va.

 

El dispositivo vibra de pronto en tu mano y das un respingo.

 

«No busques respuestas. Solo sigue adelante».

 

La angustia te oprime el pecho. Sales al balcón en busca de aire. Cuando la pantalla vuelve a iluminarse, apenas tienes fuerzas para mirarla.

 

«Te recomendamos una aplicación de meditación».

 

Entonces lo entiendes. No se trata de ayudarte. Nunca lo fue. Ya no está leyendo tu comportamiento. Lo está dictando.

 

«Bien hecho. Has seguido el patrón. Nos aseguraremos de que no te desvíes».

 

Ya en la cama, con la luz apagada, el móvil emite un último destello desde la mesita.

  

«Reiniciando parámetros. Preparando nuevo sujeto de prueba».

 

El mareo llega sin aviso. Un parpadeo, un instante de oscuridad. Y luego…

 

Te despiertas con la suave alarma del móvil. Te estiras entre las sábanas y la apagas con calma. La pantalla se ilumina.

 

«Buenos días. Hoy no necesitas preocuparte».

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