El llano en llanto
Miguel Ángel de la Calle Villagran

“Estamos aquí, a la lumbre, vuestro padre y yo. Desde que os fuisteis anda un poco amohinado. No os preocupéis, ya se le irá pasando, ya le conocéis. Es un testarrón, se pasa el día dale que te pego con la misma murga. Ya veis, he tenido que ponerme a escribiros yo, porque él dice que se pone malo. Que siempre que llueve escampa, que no hay mucho de donde tirar, pero que habríamos ido saliendo y que sé yo los juramentos, ya sabéis cómo es “.
He venido a pasar unos días en lo nuestro y he traído vuestras cartas aquí, es su sitio. Estoy en la cocina, a la lumbre, en el escaño, nuestro escaño.
Se dice pronto, pero he necesitado muchos años para comprender bien esta historia, para poder comprenderos, para comprenderme.
Querría llenar estos papeles de palabras, que son lágrimas, y dejarlas aventar por los pinares y montes, por el río y los secanos, por las veredas y lindes, por los tesos y los páramos, para que todos ellos juntos las acunen con nostalgia y escriban a su manera poemas que son lamentos, o lamentos que son poemas.
Estoy en el pueblo; aquí os veo mejor, os siento más, os hablo y me habláis. He bajado por la vereda de las “Tres Cruces” al río. La niebla rompió el espejo de las aguas y he tenido que mirarlas con tus ojos y tu alma, padre.
Vosotros siempre estabais bien, siempre os arreglabais con todo y a nosotros todo nos iba bien, pero a ti te llevaban los demonios sin tus hijos y a mí me faltaba el horizonte, la tierra y vuestro calor.
Cuarenta años atrás, poco a poco, uno a uno, arrancados de la tierra por la supervivencia, por el futuro, por un trabajo, por una casa que aquí en el pueblo se está hundiendo.
En los campos el dolor se defiende de los cardos y la grama. En la casa, en el tejado, crece la hierba por mayo. Dentro, dentro todos los ecos, todas las voces. Fuera en el corral, trillos desdentados, arados aún relucientes y en un rincón el carro, nuestro carro yace hundiéndose en la tierra, tal vez soñando caminos.
Tú nunca quisiste ir a la ciudad y al cabo te dejaste llevar por madre. Ella quería, pobre, estar con sus hijos, pero tú no estabas en tu sitio. “Aquí estoy como tonto”, decías y no te faltaba razón. No entendías ni los vientos, ni las nubes, ni las noches, ni los días. Pronto dejaste de “estar como tonto”, para vivir ausente. Y así te fuiste apagando lejos de estas paredes, de esta tierra y de tu vida, soñando con tus caminos.
Aquella tarde, con tus “tontunas” decías que te marchabas. Estabas en la cama cuando volví del trabajo, querías decirme algo:
- Juan, si vas al pueblo algún día, levántate muy temprano, baja por el sendero de las “Tres Cruces” al río y al llegar a la chopera, sube un poco a la derecha y siéntate a esperar el alba. Escucha, hijo, como se oye la cascada, Mira como espejea el río y como huele la tierra a mañanada -.
A los pocos días amaneciste muerto, en la cama, tenías los ojos abiertos y el rostro hacia la ventana.
Sin saberlo, nuestro presente se olvidó de tu crepúsculo, de este hogar y de este fuego en el que te miro. Nos olvidamos, de estas llamas paseándose en sombras por tu gesto, arrancando lágrimas en el ocaso y una historia a contraluz que ya es un sueño. Y te robamos una muerte, tu muerte, para dejarte morir en un pico cualquiera, de una calle cualquiera, de una ciudad que te encogía los huesos.
Madre -lo que son las cosas- con tal de estar con nosotros, se adaptaba a todo. Sin embargo, en cuanto faltaste tú, le dio la ventolera y no hubo manera. Ella que se iba a su casa, que era su sitio y de ahí no le pudimos sacar. Un día, aún no había pasado un año, nos llamó apesadumbrado el tío Toribio. Te habías ido, de repente, sin un adiós.
