La pista de las ocasiones

Judith Vidal Bernabé

Todavía no entiendo cómo me he dejado convencer para subirme a este barco.

 

Desde que me separé, mi amiga insiste en que debo salir y aprovechar para hacer todo lo que no me he permitido estando con mi marido, cuando aún siento el latido de dolor por haberme arrancado el anillo.

 

No es que me apetezca especialmente estar rodeada de agua y desconocidos, pero tampoco me apetecía quedarme en casa rodeada de recuerdos y colmarme de olvido. Así que aquí me encuentro, con una maleta llena de nada y una amiga con la energía desbordada.

Al entrar, nos han recibido en cubierta con una copa de cava de bienvenida, y ya he podido advertir la media de edad de un crucero en mayo.

 

Más arrugas, más pereza.

 

Para colmo, desde que hemos llegado, un señor de traje azul no me quita la mirada de encima. Me mira, me sonríe, y yo me escondo tras el pañuelo disimulando que lo he visto en todas las estancias donde vamos, en el bar, en la cena, en el baile.

 

Mi hastío y su desvergüenza no son compatibles. Qué absurdo, ni siquiera puedo controlar la inquietud que me provoca tanta atención, cuando mi edad ya no es ningún secreto y que no necesito a un hombre ni mucho menos.

 

Siento que invade mi espacio vital, me incomoda, intento escabullirme entre el gentío con indiferencia, cuando mi amiga no para de repetirme que le dé la oportunidad de charlar. Quizá me dé la oportunidad de vivir.

 

………………….

 

No es la primera vez que me apunto a estas salidas desde que estoy solo. Mi mujer y yo solíamos viajar cada año y, antes de que el Alzheimer se la llevara para siempre, me hizo prometerle que seguiría viajando, como hacíamos cuando éramos felices.

 

Así que intento caminar hacia delante, viviendo con el optimismo y la serenidad de haber hecho lo correcto, y me enfundo el traje azul que a mi mujer tanto le gustaba. Quizá el destino me tenga preparado un nuevo comienzo, quizá encuentre la compañía que necesito hasta el final de mis días.

 

Desde que la vi esta mañana en la recepción, sabía que la enigmática señora del pañuelo verde guardaba algo más que la esperanza. Debo atreverme a descubrirlo.

 

El surco en su dedo anular delata el esfuerzo por haberse despojado de un metal que le habría acompañado por largo tiempo. Probablemente demasiado.

 

Su sonrisa, dibujada a medio lado, demuestra con timidez cuánto hacía que no le prestaban la atención que merece. Espero estar a la altura.

 

No puedo evitar seguirla con la mirada. Es tal el magnetismo que me provoca, que no puedo dejar de buscarla. Me siento como cuando era un chaval, con el nervio de la intriga, el miedo a fallar.

 

Yo tampoco es que me deje arrastrar por el impulso, pero su sutil combinación de elegancia y fragilidad me ha convencido para acercarme.

 

Me hago el encontradizo en cada sala, por si se diera un contacto fortuito, pero esa amiga suya tan intensa no la deja ni un instante. Hasta que ya en el salón de fiestas ha sonado la canción “My Way” de Frank Sinatra, señal inequívoca de mi esposa con la que me anima a dar un paso más.

 

¿Me permite este baile?”.

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