Escapar
Raúl Clavero

Por cuarto curso consecutivo, mi madre no quiso escolarizarme. En aquella ocasión, sin embargo, yo estaba decidida a no perder otro año más, y el día en el que comenzaban las clases, me levanté muy temprano, tomé la mochila y los rotuladores, bajé las escaleras con sigilo y subí en el primer autobús que paró cerca de mi casa.
Viajé de pie, pegada siempre a algún adulto para evitar sospechas, y cuando ya estuve lejos de mi barrio, me apeé y busqué un colegio en el que pasar desapercibida. Tras unos minutos deambulando encontré uno perfecto, enorme, de muros de ladrillo que se alzaban como corales hacia el cielo gris.
Había niños por todas partes. Me acoplé a un grupo en el que todos tenían una altura similar a la mía y caminé tras ellos por unos pasillos que no terminaban nunca.
El interior del edificio olía a una mezcla embriagadora de amoniaco y tiza, las puertas crujían y los pupitres mostraban en sus barnices castigados el claro paso de varias generaciones somnolientas. Me fascinaron la disposición rendida de los percheros, la tarima de madera, la papelera de metal, las ventanas hacia la galería. No podía evitar sonreír y, quizá por eso, muy pronto hice una amiga.
-Soy Laura – dijo, sentándose a mi lado -. Me gusta la gimnasia – añadió a continuación, elevando de repente una de sus piernas por encima de mi cabeza -, ¿y a ti?
-No mucho.
- ¿Cómo te llamas?
-Sofía – improvisé.
-Hala, como la reina – exclamó, abriendo exageradamente sus ojos.
A continuación, la profesora ordenó que guardáramos silencio, y fue leyendo los apellidos de los alumnos que figuraban en una lista.
Yo no estaba, por supuesto, pero doña Carmen lo achacó a un error administrativo propio del inicio de las clases y me permitió quedarme. Pasamos las primeras horas pintando lo que quisiéramos, con la única condición de que estuviese relacionado con las vacaciones de verano. Laura llenó varias hojas con olas, castillos de arena y palmeras que me provocaban incontrolables escalofríos.
Mientras dibujaba me iba detallando en susurros cosas de su vida: el nombre de su perro, sus juegos favoritos, su amor por las plantas, creando entre nosotras una rápida intimidad que jamás he vuelto a sentir con nadie. Yo la escuchaba, absorta, perfilando en mi folio algo similar a una montaña.
Todo iba bien al principio, pero no duró demasiado. No podía durar, claro está. En cuanto salimos al recreo comenzó a llover, y aunque intenté correr para resguardarme bajo los soportales, me fue imposible superar la barrera de alumnos y no mojarme. Enseguida se hizo un círculo a mi alrededor, cada vez más y más grande.
- ¡Tapaos los oídos! – gritó alguien, así que mis explicaciones fueron inútiles.
Me quedé tumbada en el suelo, esperando sin suerte la salida del sol. Laura se acercó y me tocó la cola.
- ¿Eres una sirena de verdad? – preguntó. Antes de que pudiera responder, un tipo de bigote la cogió en volandas y se marchó corriendo con ella en brazos.
El patio se vació rápidamente y unos minutos más tarde, anticipándose por segundos a la llegada de la policía, mamá se abrió paso entre los maestros, conserjes y limpiadoras que custodiaban el acceso y me sacó de allí profiriendo amenazas.
Ignoro cómo me encontró. No sé cómo lo hacía siempre.
Lo que vino después es algo que ya había ocurrido antes muchas veces y que volvería a sucedernos otras tantas en el futuro.
Recogimos deprisa toda nuestra ropa, libros y dinero, y nos fuimos, sin despedirnos de los vecinos, del que había sido nuestro hogar por unos meses. Mamá condujo durante horas, sin dirección fija, hasta dar con una ciudad nueva, por supuesto sin mar, a la que mudarnos.
Nunca más fui a ningún colegio, y nunca pude olvidar a Laura, por eso, unos años más tarde, cuando ya me había independizado y tras comprobar que los fondos abisales, como siempre repetía mi madre, son terriblemente inhóspitos, regresé a tierra y fui a buscarla. La encontré en un parque en el que trabajaba de jardinera.
-Laura – grité.
Me reconoció al instante y no hizo ademán de escapar, muy al contrario, corrió a abrazarme. Sus ojos seguían brillando y el olor de su piel hizo que me mordiera los labios para no cantar. Estaba claro que ella también había pensado en mí en todo el tiempo en el que estuvimos separadas, y que no sentía ningún miedo hacia las criaturas mitológicas.
Qué ingenua fue.
