Khalan
Judith Vidal Bernabé

Se despertó antes del amanecer; ni siquiera escuchó la sonata de un triste gallo, ya no quedaba nada.
Sin un trozo de pan que llevarse a la boca, inhaló una gran bocanada de aire y salió en su búsqueda. Podía saborearla, masticarla, como si de inanición se alimentara.
Su única motivación era sacar adelante a su familia. Su único anhelo era que su mujer y sus tres pequeños no sintieran el rugir en sus tripas, como lo sentía él.
Khalan se hizo con su hatillo y su navaja y se enfiló hacia el río. Allí le esperaba su barca, no necesitaba nada más. Navegaría río abajo hasta encontrar el lugar más tranquilo y probaría a pescar alguna carpa; con suerte, incluso dos.
Aun así, se sentía un hombre afortunado. Disfrutaba de esa soledad, rodeado de su fuerza, tesón y optimismo. No había momento en que se sintiera más poderoso, confiaba en sí mismo y era dueño de su existencia. La brisa en su rostro le dejaba ligeras marcas y grietas año tras año.
Asomaban los primeros rayos color de incipiente fuego, reflejando en el agua un brillo plateado en cada onda que oscilaba su barca. Admiraba el horizonte con los ojos entrecerrados y se abandonaba a la quietud.
Se armaba de paciencia. Lo más duro de su trabajo era mantener la serenidad hasta encontrar el momento perfecto. No apresurarse, no desesperarse. Lo más importante era traer de vuelta una buena pieza, no el tiempo que tardase en traerla, y debía estar convencido de ello, como se repetía cada día para no caer en la desesperanza.
Recordaba cuando Somchai, su padre, le transmitió su deber siendo todavía un niño y cómo repercutió en su madurez, dejando atrás esa inocencia apenas concebida. Se acercó a él y, rodeándolo por los hombros con su pesado brazo, lo llevó a la orilla, sentándose a un lado de la barca. De su talega sacó su inseparable cuchillo y un barbo gigante, lo colocó sobre una gran roca, lo sujetó por la cola y lo descamó con sutileza, como si todavía le diera pena haber acabado con su existencia para continuar con la de Khalan.
Lo cortó en trancha dividiendo el pez por la mitad. Le enseñó cómo separar las vísceras, las que aprovecharían y las que no. Hendió la punta de su afilado estilete en la parte más carnosa y extrajo una lasca viscosa que aspiraba a ser blanca. Se la ofreció como quien ofrece su mayor tesoro y, sin más preámbulos, el crío se la metió en la boca y se la tragó.
Somchai, ofendido, le explicó que esa no era forma de darle el valor que merecía. Había pescado esa valiosa pieza privándola de su vida para abastecer la de él. Así que lo mínimo que podía hacer era saborearla y extraer todos sus nutrientes, agradecido de que le alimentara. Repitió el mismo gesto y le dio un segundo filete, tierno, jugoso.
Khalan lo revolvió con la lengua desmenuzando el bocado contra el paladar, mascando sin dientes para absorber todo el jugo que le bajaba por la garganta, salado, amargo. Nunca olvidó ese regalo. El regalo que le ayudaría a proveer a su familia.
El sol ya lucía alto en el centro de un vasto cielo despojado de nubes, aliado para dar mayor transparencia al agua y sorprender una buena presa, si su vista todavía le permitía diferenciarla de las piedras. Khalan era consciente de que llegaría el día en que debía delegar en Arthit, su primogénito, la obligación de mantener a los suyos pues, más temprano que tarde, él faltaría.
Estaba orgulloso de su hijo, tanto, que solo pensarlo le arrancaba alguna lágrima. “He hecho un buen trabajo” se decía con una sonrisa inclinada.
Pero ese día no sería hoy. No podía permitir que la preocupación se adueñara de su pecho y respiró, aliviado, de poder manejar su barca en ese gran río llamado Vida.
