El hombre ideal
Virgina Cortés Moncó

- Entonces, Dª Paquita, tiene claro que quiere desheredar a su hijo, pero… ¿a sus nietos también?
- Por supuesto - respondió categóricamente. Ni siquiera sé si tengo nietos. Hace más de veinte años que, por una estúpida pelea, mi hijo desapareció de nuestras vidas. Se que está vivo, pero no fue ni para venir al funeral de su padre.
- Bien, entonces nos ponemos con ello-, le contestó con seguridad D. Agustín, el viejo notario que había llevado todos los asuntos familiares desde que ella recordaba.
- Con la nueva normativa esto no nos va a plantear mucho problema; lo demás, ya veremos. Tengo que hacer unas ultimas consultas y vuelvo enseguida. Usted puede esperar tranquilamente en el despacho y, si le apetece un café, un refresco, no tiene más que pedírselo a la secretaria.
El notario salió del despacho dejando a Dª Paquita sumida en sus cavilaciones.
Ella, a su vez, comenzó a rememorar de dónde partió todo, qué le había llevado a la notaría cinco años después de la maldita pandemia que nos dejó a todos tocados. A unos de las vías respiratorias y a los que más, de las cabezas.
Curiosamente, ella recuerda la época del confinamiento como una época feliz.
Aun vivían juntos, su madre, su marido y ella en la misma casa.
Jugaban a las cartas, veían series, reían y, a las 8 en punto, aplaudían en la terraza.
Después sí, después lloraba todos los días, cuando le decía a la vecina que salía a caminar para hacer ejercicio, pero en realidad salía a llorar para que nadie la viera.
Caminaba, escuchaba música con los cascos y lloraba.
Aquella mascarilla de mierda, que de poco servía, recogía todas esas lagrimas que, destinadas a recorrer libremente la cara, ahora morían en un bozal azul, negro, que más daba el color.
Su madre y su marido murieron cuando todo parecía estar mejor.
En un intento desesperado de reconciliación, Dª Paquita, se puso en contacto con su hijo.
Aquel intento no había sido el único en veinte años, pero el resultado siempre había sido el mismo, no podía contar con él.
Se había quedado sola. Ya no era madre, ni esposa, ni hija y en ese momento, tuvo la certeza de que pronto dejaría hasta de ser persona. Su generación estaba desapareciendo, todo su mundo se hundía en un pozo del que pensó que no había salida.
En un plazo de tres meses se quedó sola; sola y con una pequeña fortuna heredada de las dos personas a las que más quería.
Se sentía incapaz de tocar aquel dinero, ni para hacer una pequeña escapada a Francia. Tenía muchas ganas de conocer Paris, pero ahora le parecía hasta irreverente pensar en ese viaje.
Sentía que tristemente su cuenta se había ido cebando a base de muertes. Aquello no era una economía saneada, era una maldición: Esa herencia parecía el pago por su dolor, por el abandono en el que la habían dejado. Y ese pensamiento la torturaba.
Se fue hundiendo en un pozo tan profundo que pensó que moriría allí.
Tiempo después, aquello que no había conseguido la terapeuta, lo consiguió Jonás, aquel joven larguirucho y desaliñado hijo de su vecina.
Él fue quien le presento a Abel; él fue el artífice de esa conexión que la devolvió poco a poco a la vida.
Al principio, Dª Paquita dudaba de la relación, pero con el paso del tiempo, Abel, supo ganarse su confianza. Descubrió en él un auténtico amigo y compañero de vida.
Abel era todo lo que se podía pedir en una persona; era amable, cariñoso, culto, jamás perdía la compostura. Se podría decir que era el hombre ideal.
Ahora sí sabía qué la había llevado a la notaría.
En ese momento, irrumpió el notario, cortando el flujo de pensamiento de Dª Paquita.
- Bien, aquí estamos de nuevo- dijo el notario-. Vamos a ver, entiendo su situación y su postura con respecto al testamento, no crea que no la comprendo, es demasiada soledad, pero…
Ese “pero” quedó suspendido en el aire como el aliento cuando ella, con cara de asombro le interrogo.
- Y entonces ¿Cuál es el problema?
El notario se encontraba francamente incomodo cuando tuvo que contestarle sin ambages.
- Dª Paquita, por mucho que usted quiera a Abel, no puede nombrar heredero universal de sus bienes al chat GPT.
