¿Será ella?

Julián García Gallego

La arena se hundió unos centímetros cuando se dejó caer sobre la silla; parecía agotada, pero en su rostro solo logré intuir felicidad y calma. Alzó la vista hacia el sol, y los poros de su piel absorbieron la cantidad justa para enrojecer sus pómulos sin dañarlos. Gris, con toques de blanco puro, así era su cabello rizado; una combinación que la situaba más allá de los setenta, y una contradicción llamativa al llegar a su cadera. Una cintura minúscula que realzaba su figura y contrastaba con un busto en plenitud adolescente, solo delatada por las hendiduras sobre los labios, que insinuaban haber sido besados por primera vez allá en una época de menos libertades políticas.

 

Permanecí fijo en el contorno de su espalda, ensimismado por la delicadeza con la que extendía la toalla para, un segundo después, tumbarse mirando las olas que casi le rozaban las puntas de los dedos. Ella jugueteaba con la suerte de la espuma y, cuando intuía que el mar la alcanzaría, alzaba las piernas para esquivarlo. Infancia, esa fue la palabra que primero me vino a la cabeza. Aquel momento era tan maravillosamente idéntico al que recordaba de mi primer amor que un escalofrío desafió los 36 grados que soportábamos ese verano. Pero fue una emoción especial, y consiguió que unos tenues coloretes tiñeran mi rostro de vergüenza —cosas normales de la edad—.

 

En ningún momento pasó por mi cabeza apartar la vista; algo que no puedo explicar con la razón y sí con el corazón, que ejercía su fuerza gravitatoria hacia su núcleo. Un puñetazo directo al mentón, un sinsentido. Estaba a su merced. Las yemas de mis dedos dejaron de consumir el líquido vital que recorre el alma, tan frías e inertes que no las notaba. ¿Qué demonios ocurría?

Aquella impresión se trasladó a mi paladar: la saliva dejó de proporcionar humedad y, a duras penas, lograba tragar. Soñé con convertirme en salitre y, camuflado entre las embestidas del agua, besar cada recoveco de su espíritu. Quise saltar como un ladrón, de tejado en tejado, hasta llegar a su mejilla y susurrarle la frase precisa: «te amo».

 

Imaginé un futuro a su lado; un delirio inexplicable en el que el cielo usurpaba el horizonte de aromas y sabores del atardecer. Un paisaje donde ella danzaba con promesas que solo la luna sería capaz de conceder y, entre esas idas y venidas, un bote anclado en mitad del océano, donde yo aguardaba con las velas arriadas, los brazos extendidos, dispuesto a rescatarla de la tormenta que produce la locura de los sentimientos.

 

¿Me había enamorado? ¿Qué tiranía era aquella en la que no tenía carta náutica por la que guiar el rumbo perdido?

 

Los últimos reflejos, azules y esmeraldas, dieron por terminadas las luces de la vigilia, y cubrió su bikini con un vestido semitransparente, dejando a la imaginación el deseo de cuerpos desnudos sobre lechos de pasión. Entonces se percató de mi presencia; un espía sin licencia que analizaba sus gestos con el descaro que proporciona la adolescencia. Sonrió, con la complicidad de quien se sabe observado, pero disfruta coqueteando con la sensualidad de la fantasía.

 

¿Cómo era posible que ese puente de edad no pudiera sentirse tan tangible, tan real? Quise olvidarme de esa barrera, porque mi pecho ya había saltado ese acantilado para batirse en duelo con la perfección de los sentimientos puros. Comprendí que estaba preso, remando a contracorriente, que ese vínculo era algo vivo en mis galeras y que, por mucho que intentara detener el devenir, jamás escaparía de la profundidad de su iris. Fue como una reminiscencia del pasado, una realidad en la que su lengua flotaba con la mía.

 

Cuando tuvo todo recogido, quise gritar, porque algo parecía desvanecerse, y yo no había sido capaz de decir ni una sola palabra. Aquel instante podría no repetirse jamás, y temí arrepentirme el resto de mi existencia.

 

Pero una luz regresó, justo en el último segundo, para hacerme llorar; una lágrima mezcló el azúcar con la sal y desveló el secreto del olvido. Una punzada de paz y dolor que solo conoce quien se pierde entre las hojas de un diario del que ya no tiene índice ni orden.

 

—Cariño, nos vamos ya. Estoy agotada.

 

Volví a contemplarla, y entonces la memoria redibujó nuestro pasado juntos: era mi verdadero y único amor. Mis dedos se vistieron de edad y su mano guio mis pasos a casa.

 

¡Al menos esta maldita enfermedad deja pinceladas de esperanza!

Necesitamos su consentimiento para cargar las traducciones

Utilizamos un servicio de terceros para traducir el contenido del sitio web que puede recopilar datos sobre su actividad. Por favor revise los detalles en la política de privacidad y acepte el servicio para ver las traducciones.