La otra mitad

José Carlos Calle Peco

Cuando miro a tu madre, contemplo una mujer cansada de soportar el temprano peso de la soledad forzada.

 

En este momento, tu madre busca dentro de su bolso la rasgada nota de papel, donde apuntó la hora de la cita médica, pero encuentra antes la fotografía de ambos, ella embarazada, la última juntos, cortados los pies para sacar más cielo, tomada días antes de aquel terrible acontecimiento que el destino tiene reservado a las personas que no creen en él.

 

Afortunadamente, a los 3 meses naciste tú. Piel arrugadita y sonrosada, pelo moreno y ojos de liebre espantada. Ahora ya eres un niño especial, como dice tu psicóloga, miras sensiblemente más allá.

 

Tres años después de tu nacimiento tu madre tuvo un sueño. Dudo que ella te lo haya contado hasta ahora. 

 

En el sueño se veía a sí misma en su cama de matrimonio, en su mitad, en ese lado favorito de la cama, dejando el otro lado frío, solamente ocupado por su blanca mano, pálida, desdibujada, dedos afilados. Dormía con esa placidez en alerta, que tan solo una madre puede sentir cuando habita con un hijo pequeño, durmiendo en la habitación de al lado. En un momento dado, un ruido la hizo despertar, permaneció tumbada, al acecho de un nuevo estruendo. Los ojos ya muy abiertos, dirigidos hacia tu habitación, aunque estaba casi segura de que el extraño ruido venía de otro lugar. De repente, un nuevo golpe sonó. Esa vez estuvo segura de que fue en la puerta exterior de entrada a la casa. Comenzó a incorporarse, lentamente, con temor, desde luego. Alargó su brazo y la mano frágil dio al interruptor de la lámpara de la mesita de noche. El suelo de baldosas grises estaba frío. La tenue luz le permitía dar, solamente, pasos inseguros hacia el pasillo de entrada de la vivienda. Los empellones se repetían insistentemente, alguien llamaba a la puerta con urgencia, como intentando escapar de un lugar donde se sintiera atrapado, donde nunca hubiera querido ir.

 

La puerta cedía a los golpes, acompañados de un zumbido, abombaban la madera de la entrada de la casa con la deformación tan pronto cóncava, como tan pronto convexa, como si un fuerte viento helado quisiera llegar al recibidor y llamara con el puño bien apretado, dolorido ya de azotar, bien lo sé, la puerta. 

 

Por un momento, tu madre alzó su brazo derecho y comenzó a abrir su mano de dedos afilados para girar el pomo de la puerta, pero se detuvo, dudó, movió su pie izquierdo hacia atrás, levemente. También su espalda se enderezó, hasta el momento contraída por el miedo. El cabello era un camino negro sobre su espalda. Los golpes aumentaron de intensidad, de fuerza y frecuencia, creyó oír un crujido proveniente del marco de madera, sabía que, de un momento a otro, la puerta podría ceder.

 

Por fin, se decidió a abrir. La débil luz agotada de brillo, que llegaba desde su habitación, iluminó la perfectamente cortada, de cabeza hasta los pies, mitad de un hombre. Una mitad que no goteaba sangre, una mitad ya curada al aire fresco que habita en los sueños, una mitad trazada a corte de espejo.

 

 Tu madre no se asustó. No retrocedió; no podía hacerlo, pues tú estabas en la casa, lo sé, dormías en tu cama. Miró desafiante. Simplemente, confundida, sin recordar nada, preguntó: “¿Quién eres tú? ¿Qué quieres de mí?.”

 

No hubo respuesta, se limitó a clavar el único ojo fijo en los labios contraídos de tu madre.

 

“Voy a cerrar la puerta, márchate.”

 

Vuelvo a mirar a tu madre desde el asiento de enfrente, en la consulta de tu psicóloga. Os miro mientras hablo contigo y veo como, a través de vuestras manos enlazadas, vivís esta soledad habitada que compartís conmigo.

 

¿Cómo sé estas cosas sobre tu madre y sobre ti? ¿Por qué escuchas mis palabras en tu cabecita? ¿Qué siento cuando estoy tumbado junto a tu madre, en ese lado vacío, callado y frío de su cama? ¿Qué le vas a contar, ahora cuando entres a la consulta, a tu psicóloga infantil sobre mí y sobre tu soledad que arrastras ya nueve años?

 

Exactamente, vas a contarle el final del sueño de tu madre. Que estoy aquí hablando contigo, hijo mío, porque lo único que le pude decir a mi esposa desde ese sueño fue: “De acuerdo, voy a marcharme. Ya puedes cerrar la puerta. Mi otra mitad ya está dentro.”

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