Amor a cualquier precio
María Elena Lorenzin

— ¿Queríamos o no queríamos a nuestras madres? —preguntó el hombre de rostro agitanado y voz de predicador evangélico, en medio de la plaza, como si hablara desde un púlpito.
— Sí, claro —respondí de inmediato.
— ¿Haría cualquier cosa por ella? —insistió, con una sonrisa astuta.
— Por supuesto —dije, sintiendo un impulso irrefrenable de demostrar mi amor filial.
— ¿Sería capaz de desprenderse ahora mismo de mil pesos y dármelos? —desafió, extendiendo la mano.
— ¿Por qué no? Aquí los tiene. -Saqué la billetera y le entregué el dinero.
Sin embargo, no todos estaban dispuestos.
— Y usted, señorita… No, usted no. La de pelo rojo, allí atrás, ¿haría lo mismo que el señor?
—No. Yo no —respondió con firmeza la joven, meneando la cabeza de un lado a otro.
— Entonces usted no ama a su madre —sentenció el hombre, frunciendo el ceño con desaprobación.
La pelirroja se indignó y avanzó para enfrentarlo, pero alguien la contuvo.
— Usted lo ha dicho, señorita: no haría lo mismo que el señor.
— Claro que no lo haría —replicó ella—, porque yo quiero de “verdad” a mi madre, más que usted y todos estos babosos juntos. No necesito comprar amor.
— ¡Ni yo tampoco, payaso! —exclamó otro hombre, sumándose al desafío.
Pero el predicador no se inmutó. Siguió con su espectáculo, incitando aún más a la multitud, que crecía al ritmo de su arenga.
— ¡A no desesperar! Tiempo al tiempo. Hay oportunidades para todos, porque en este país lo que sobra es buena gente. Sí, buena gente como ustedes. Y si no, miren a su alrededor, miren, señoras y señores, cómo se construye una red solidaria con solo ponerle un poquito de amor. El amor se demuestra con lo que sea, y esta es una oportunidad que no pueden dejar pasar. A falta de dinero, cualquier donación, por pequeña que sea, cuenta mucho.
Cuando volvió a formular la pregunta sobre el amor hacia las madres, desató una oleada incontenible de generosidad.
Casi en éxtasis, un hombre corpulento con cara de imberbe entregó su anillo de oro; otro, para no ser menos, se quitó el reloj, y una mujer gordita se desprendió de una gargantilla que amenazaba con estrangularla. El resto, deslumbrado, hizo lo propio. Luego, la multitud se dispersó, aliviada, libre de culpas.
Entonces yo, el único que aún permanecía allí, atónito, me abalancé sobre el tipo y le pedí trabajo.
