Barco a Venus
Beatriz Martín Valencia

No pasan ni cinco segundos desde que empezó mi viaje cuando todo a mi alrededor se vuelve borroso. Los colores del exterior se mezclan y se deslizan por las paredes de la nave, como si alguien hubiera volcado cientos de frascos de pintura. Mi canción favorita, que hace un instante sonaba nítida, se disuelve poco a poco en el zumbido del motor, similar a cuando te sumerges en el agua y el mundo exterior se apaga. Los sonidos se vuelven espesos, casi palpables. Los siento en la boca, los saboreo, mastico cada nota y parece que un fruto jugoso explota en mi lengua.
Algo cruje en mi interior. No es dolor, pero tampoco placer. Es la sensación de ser moldeada, desdoblada en partículas diminutas que se entrelazan con la nave. La cabina respira conmigo, paredes palpitantes que laten sincronizados al ritmo de mi corazón. Una pulsación dorada se filtra a través de los ojos de buey, oscilando al compás de unas llamas que quieren acariciar el espacio exterior.
Un chasquido.
La gravedad se disuelve cuál espejismo, y de pronto, tu cuerpo queda suspendido en un vacío denso, impregnado de incienso y un sutil aroma metálico, como si el espacio se hubiese vaciado de toda materia. Tu propia respiración es un eco lejano hasta que no sabes si estás inhalando aire o si, de alguna forma, te has convertido en él. Las paredes de la nave se desvanecen en una transparencia absoluta y el universo se despliega como un tapiz infinito. Frente a ti, un océano de formas en constante mutación se expande hasta donde tu vista alcanza, con colores y geometrías cambiantes. Flotas en la nada, te mueves con suavidad mientras atraviesas un mandala colosal tejido con milenios de historia, donde las huellas del tiempo y la memoria del universo danzan en armonía.
El tiempo se deshace, se estira y se encoge sin patrones, sin relojes que lo midan, sin una estructura que lo contenga. Cada segundo se dilata hasta parecer una eternidad, y en ese océano infinito te desvaneces, te fragmentas, te expandes en un sinfín de estrellas, planetas y galaxias. Eres todas ellas y ninguna a la vez.
Entonces, Venus emerge en el horizonte.
No es solo un planeta, es un sueño incandescente, un mundo que late con destellos rojizos y anaranjados que arden como un sol agonizante.
Sus cielos burbujean con gases venenosos, atravesados por tormentas eléctricas que desgarran la atmósfera y dejan cicatrices en el viento.
Un aire, cargado de azufre, parece alcanzarte, aunque no sabes si lo respiras realmente o si es solo un espejismo de tu mente errante.
La atracción de Venus te envuelve, su gravedad te atrapa con una fuerza irresistible. Te arrastra hacia él. Una caída inevitable, vertiginosa, un cometa desbocado que acelera hacia su destino. El vértigo te oprime el estómago y sientes una certeza irracional, una sensación ineludible de que, en cuanto toques el suelo, serás desintegrada por un mar hirviente de ácido en una muerte que ya no importa.
Pero nada de eso sucede.
La nave se posa con la suavidad de una pluma. Se me escapa un suspiro cuando la compuerta se abre y me envuelve un resplandor azul.
La ciudad se despliega con formas que desafían la lógica. Estructuras irregulares, edificios que se retuercen con formas irregulares y oscilan al ritmo de una música inaudible. Bajo mis pies, el suelo palpita con un resplandor líquido, como si la propia ciudad estuviera viva.
Dos figuras surgen de la neblina. A simple vista parecen humanas, pero hay algo en ellas que me pone los nervios de punta. Tal vez sean sus rostros que parecen leerme, reflejando mis propios pensamientos antes incluso de que los tenga. Se detienen frente a mí y, sin mover los labios, sin siquiera un gesto, sus voces resuenan directamente en mi mente.
— Llevadlo al cuartelillo, ya lo interrogaremos cuando se le pase el colocón.
