Montefranco

Francisco de Asís  Fernández Sánchez

El suelo de Montefranco se resquebrajó con la llegada de una carreta que crujía confesando su largo viaje. Sobre ella, los Mena Cordero traían polvo en las botas y sueño de futuro en los ojos. Vicente, el patriarca, cinco criaturas inquietas y uno más que crecía en silencio bajo el delantal de Antonia, su mujer —firme como una encina manchega—. Venían desde La Cañada de Calatrava en busca  de tierra, pan… y acaso algo de paz.

 

A Vicente no le costó hacerse nombre. Lo llamaron “el pregonero”, desde el primer día, aquel lunes, cuando —viendo a unos trajineros indecisos en la plaza— alzó la voz y les vendió media docena de quesos sin haberlos probado. Por unas pesetas, pero también por el gusto de hacerse útil. Desde entonces, era “la voz del concejo”.

 

Cruzaba la calle del Caudillo esquivando a los felinos del barrio con paso firme y boina calada. Su garrota marcaba el ritmo como el compás de una marcha invisible.

 

Los zagalejos —esas sombras cortas y veloces— lo seguían como si acabaran de conocer a un flautista manchego. Vicente se detenía, mojaba sus labios con un traguito de parra, alzaba la trompetilla con solemnidad... y soltaba su pregón como si recitara un romance aprendido en sueños.

 

—¡Se hace sabeeeeer!... ¡Que ha llegao un mercachifle de ropa fina de Ciudad Real! ¡Camisas de percal, bragas de las buenas!... ¡Vayan, acudan a ver! ¡Está junto al bar El Cazador, cubierto con lona pa no torrarse!... ¡Dense prisa, que luego dicen que no se enteran!

 

El eco rebotaba en las fachadas encalás.

 

—Este cantapregones vale más que la radio de galena… y sin pilas, murmuraba Damián Valverde, el arriero del sitio.

 

Desde aquel lunes, Vicente echaba seis pregones al día. Su repertorio incluía desde blusas hasta enaguas “pa las más devotas y pa las más atrevidas”, y su arte lo convirtió en figura imprescindible.

 

Una mañana de jueves llegó una furgoneta: eran los Heredia, gitanos de trato. El patriarca, don Manuel, “el de los cacharros”; su mujer Esmeralda, experta en sujetadores, y sus hijos, Luisico, el manitas y Candela, que sabía de bragas más que el catálogo entero de Galerías Preciados.

 

Montaron el tenderete junto al bar. Vendían de todo: hoces, sartenes, calzoncillos, delantales bordados… y todo envuelto en ese aire de feria y griterío que solo ellos sabían montar.

 

Don Manuel llamó a Vicente.

 

—Haznos tú los pregones, que con tu trompetilla llegamos más lejos que la misa del gallo. Seis pesetas, ¿trato?

 

—Hecho. Pero si queréis uno con chascarrillo picante… son dos pesetas más.

 

Media hora después, Vicente iniciaba su ronda. Se paró frente a la centralita de Rosarito:

 

—¡Rosaritooo! ¡Presta oído, que viene lo bueno!

 

—¡Se hace sabeeeeer! …. ¡Han llegao los Heredia, cargados hasta las trancas de utensilios y ropa interior! ¡Hay sujetadores con encaje!, ¡Sartenes, ollas, cubiertos y vajillas; pañuelos, delantales, mantones y suéteres! … ¡Todo en los portales, junto al bar! … ¡Apúrate Rosarito, que para el ángelus se van!

 

Rosarito cerró la centralita y salió escopeteada con los rulos puestos.

 

Luego le avisó a Margarita, la del colmado.

 

—¡Margarita, que hay sostenes con flores que va a dar gloria verte!

 

—¡Si me vale tan solo una falda, te doy una barra extra! —le respondió ella entre risas.

 

Ese día, la plaza se llenó de alboroto. Niños jugando con cañas a modo de trompetillas, mujeres rebuscando entre montones como si escarbaran oro, y hombres mirando con tiento.

 

Una mañana, Esmeralda, vendiendo un sujetador talla “monja trapense”, bromeó:

 

—Si hoy no vendo el “Pack Seducción”, es que en este pueblo no se liga ni con milagros.

 

Vicente respondió sin pestañear:

 

—¡Eso se arregla con un pregón en falsete y meneíto de cadera!

 

Y lo hizo. Se subió al abrevadero y gritó:

 

—¡Mocitas, casadas y viudas alegres! ¡Se hace sabeeeeer! Que la Esmeralda tiene sostén que levanta, braga que sujeta y picardía que enciende la mecha. ¡Venga, corran, que hay combinación bandida, edición limitada, con florecicas bordas y cinta de raso!

 

Rosarito fue la primera en llegar, seguida por Margarita con el delantal al revés.

 

Candela le guiñó un ojo a Vicente.

 

—Te regalo unos zurrones con corazones, pa que le des alegría al tálamo…

 

Vicente no tardó en sonrojarse.

 

Un par de horas más tarde, la memoria de su mujer le reclamaba. Camino de la taberna se echó mano al pecho, donde el corazón. Notó el bulto de la cartera y se dijo en silencio:

 

—No está mal para no saber cómo hacerlo bien.

 

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