De película

Agustín Ángel García Muñoz

Amanecía. Con los ojos entrecerrados miré hacia la ventana indiscreta de mi habitación con vistas. Unos temerosos rayos de sol acariciaban mi rostro. Miré el otro lado de la cama y la encontré vacía. Ella se había marchado temprano pero el perfume de su piel a naranjas y maderas de lejanos países, todavía inundaba las sábanas arrugadas sobre la cama.

 

Los recuerdos se abrían paso a través de la nebulosa de mi cerebro. Se llamaba Amélie y nos conocimos la noche anterior en el Bar Coyote. Cuando la miré, sus ojos penetrantes, color azul turquesa, me hipnotizaron. Me acerqué despreocupadamente a ella y, de golpe me encontré solo ante el peligro. Le propuse tomar una copa. Me miró divertida y respondió que sí, por qué no. Y así, entre copas y al calor de la noche de aquel bar solitario, fuimos conociéndonos poco a poco, sin prisas, escuchando en la gramola Boys Don’t Cry con un Manhattan en la mano.

 

La necesidad de hablar con un extraño era más apremiante que instalarse en el sonido del silencio. Y así entre sonrisas y lágrimas, fue abriéndome su corazón. Acababa de romper con su novio, un maltratador mentiroso. Su sufrimiento había llegado a su fin. Había sido una cadena perpetua, pero ahora era libre como un dulce pájaro de juventud. Sus gustos, sus sueños, sus aficiones, romperían las cadenas de la intransigencia.

 

Aprobaría la asignatura pendiente y conseguiría el graduado en Derecho. Retomaría la lectura de las novelas de amor de Jane Eyre, que tanto le gustaban, en la biblioteca de los libros olvidados, cerca del apartamento donde ella vivía. Viajaría a Casablanca. Siempre quiso conocer el Bar de Rick. Volvería a ver películas románticas en el recién estrenado Cinema Paradiso de su barrio. Yo la escuchaba embelesado mirando su cara iluminada y angelical. Me estaba enamorando. Era un auténtico torbellino. La mujer deseada por cualquier hombre en sus más selectos sueños eróticos.

 

No recuerdo en qué momento sus manos se unieron a las mías, susurrándome que la vida es bella cuando el amor significa no tener que decir nunca lo siento.

 

Cuando el dueño del bar nos sacó a empujones porque quería cerrar, unidos por la cintura y solos en la madrugada, recorrimos las calles de Philadelphia camino a mi ático. Hundiendo sus labios en los míos me propuso hacer el amor, y bajo un hechizo de Luna embriagador, le dije que sí.

 

Al traspasar la puerta, y sin preámbulos, nos fuimos quitando la ropa y besándonos en dirección al dormitorio. Hicimos el amor salvajemente, compartiendo piel, sudor y sexo. Abrazados, caímos exhaustos en un sueño sin pesadillas, y justo antes del amanecer, mi princesa prometida, sigilosamente, se alejó de mí para siempre, dejando tatuados en mi boca aquellos besos robados de una noche infinita.

 

A lo lejos escuché el tañer de unas campanas. Con una sonrisa amarga, me pregunté por quién doblan las campanas. Quizás doblan por mí. Y al recordarla pensé que todos esos momentos que vivimos intensamente, se perderían en el tiempo como lágrimas en la lluvia.

 

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