Las cenizas del lobo

José Manuel Maguilla Luna

Él se encuentra alegre con las flores que embriagan el aire de la sierra. Sus cenizas fueron depositadas allí, en la loma desde la que se divisa la casa donde nació. Sobrevuelan y observan las aves rapaces, oteando desde las peñas. Las plantas y los árboles de estos montes extienden sus raíces hasta los restos de aquel hombre que pasó su infancia en la sierra. Él también fue cantor, como los vvv. pájaros que extienden sus trinos por la arboleda. En el interior de la casa, desvencijada y desierta, un niño juguetea con los huesos de albaricoque, la peonza, el tambor de hojalata…

 

Las sonajas del recuerdo de ese niño, hecho hombre, le hacen comenzar un canto al compás de los cascabeles que resuenan con las aguas del cercano río. Al anochecer, cuando la luna se encarama en lo alto del cielo, tras haber aparecido por las cumbres de la sierra, los aullidos de los lobos entran por la ventana de aquella casa perdida entre los recodos del río. Es una llamada y , tanto el niño como el hombre, acuden a esa señal. Los lobos le esperan.

 

Fue en una de aquellas grutas, entre los riscos y los tajos de la sierra, donde él los conoció, cuando se extravió por aquellos montes. Él también quería jugar, como aquellos lobeznos que lo aceptaron como a uno más de ellos.

 

Después, con la llegada de los lobos adultos, vivió la experiencia más sorprendente de su vida. Mientras la loba alimentaba a sus cachorros con trozos de carne, el macho alfa permanecía en la puerta de la cueva, impidiendo la salida al chaval, que tuvo que arrinconarse contra las rocas, atemorizado. La madre le ofreció un pedazo de cordero, arrimándoselo con el hocico, y el chiquillo probó la carne cruda. La loba limpió luego la sangre de su cara, como si fuera uno más de sus retoños, el niño se abrazó a su cuello llorando y desde ese día fue uno más de ellos.

 

La niebla se extendía sobre los montes, las flores luminosas en la oscuridad eran testigos de cada encuentro, y el musgo de la piedra era el vestigio de aquellas noches sin luna, cuando el niño-lobo ululaba con los suyos reclamando su presencia.

 

Siempre volvía por las noches, después de haber sido rescatado por su familia humana…

 

Pasaron los años y hoy todo ha cambiado. Las gigantescas canteras a cielo abierto han degradado la montaña. Ya apenas quedan lobos en la sierra. Años y años de explotación minera han esquilmado su paisaje. Años de lucha de aquel niño que, al hacerse viejo, fue uno de los impulsores de la asociación “Salvemos la Sierra”. Una agrupación de ecologistas que pretende poner freno a tanta destrucción; ofrecer un legado a sus descendientes, buscando presurosos una solución para el futuro de la naturaleza. La sierra, el valle y el río, con la vegetación y los animales, les estarán eternamente agradecidos.

 

Al final del camino, los suyos quisieron que sus cenizas se esparcieran por la falda de la sierra. “Ya estoy aquí, soy uno de los vuestros”, se escuchaba bajo la sombra del viejo algarrobo, acariciado por las partículas del lobo-hombre que abrazaba a su tierra. Su corazón ya vive en la sierra, para siempre, siendo alimento para las plantas y las flores autóctonas de este valle; flores que esparcen su polen mezclado con las cenizas del hombre que aullaba a la luz de la luna, acompañado por sus hermanos lobos.

 

Una lechuza lanza su graznido desde un risco, el viento ruge desapacible por los senderos que llevan a la pequeña laguna donde se refleja la luna. Un lobo se acerca. En el espejo de agua se proyecta la imagen de un niño sonriendo. Un lobo aullando hacia el cielo, y la luna llena que, atraída por esa llamada desesperada, aparece entre nubes de terciopelo…

 

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