Frente al fuego

Pedro José Ruiz Ramírez

Estoy sentado frente al fuego y tengo vistas al mar. Realmente son vistas a un brazo de mar que se cuela en la tierra. Es mi mar pequeño, mi salada y pequeña porción de océano. Mi pequeño trozo de paraíso, que está junto al pueblo de verano que se viste de tristeza en invierno, como si fuera una desgastada fotografía de los veranos de antaño. El frío detiene el tiempo y congela la memoria, y es en invierno cuando las gaviotas se apoderan del pueblo, y cuando se convierten en las dueñas absolutas del trozo de mar. Echo otro tocón a la chimenea. No tarda en prenderse, a pesar de la humedad. Es como mi voluntad, que no se doblega a la muerte a pesar de la melancolía. Así que mi alma podría ser el fuego, pero es el trozo de mar, libre y frío, del invierno. 

 

Estoy sentado frente al fuego y mi piel se calienta y brilla, como si volviese al brío de la necesidad de otros tiempos en los que la piel encendía el alma y yo dibujaba costelaciones uniendo los lunares de su piel. Ahora, los átomos que forman la mía se trasmiten el calor el uno al otro mediante una sucesión de vibraciones, al llegarles el resplandor rojizo y tembloroso de las llamas, sorteando las arrugas, avanzando con la solemnidad de las sombras que perfilan la ciudad cuando el Sol se hincha anaranjado para caer sobre el horizonte. También me lleno del aroma de la leña ardiendo, cuyo crujir me acompaña y complace. Entonces escribo algún poema fugaz y tardío. Y el poema acaba en el fuego, y se consume dejando salir sus fantasmas, que me envuelven y me hacen levitar frente al fuego. 

 

Hay una vieja barca en mitad del trozo de mar. No puedo ver su nombre. Tal vez no lo tenga. No parece tener nombre. La barca es gris, aunque en otra época tuvo que ser de otro color más alegre; pudo ser roja, pues me parece distinguir en ella trozos agrietados de sangre. La ha vuelto gris el mar y la intemperie, que es lo mismo que el tiempo. Esta barca de restos de sangre agrietados y sin nombre ahora se mimetiza en las tardes de lluvia, gris sobre gris, y se deja besar por la marea. Esta barca gris soy yo en mitad de mi muerte, gris sobre el afilado gris de la guadaña y el olvido. Los surcos de mi vida desembocan en ese trozo de mar y el vaivén de la barca son mis pensamientos. 

 

Cuando la barca mira hacia el sur la marea crece y el trozo de mar se llena de porvenir salado. Entonces las gaviotas dejan pasar el viento a través de sus alas hasta conseguir quedar estáticas sobre el salitre, y ante mí se representa el invierno como un lienzo de certidumbre y nostalgia. La chimenea escupe pulsos de fuego que desaparecen ante mi mirada y mis venas se llenan de ese impulso de mar que penetra en la tierra. Entonces soy un niño viendo el mar, un niño que se parece a mí, tal vez sea yo. Ciertamente soy yo. Vuelvo a ser el niño que contempla el mar y sueña con las estrellas. 

 

Mi memoria se esparce por la habitación, potenciada por la paz que me atraviesa los sentidos. Risas de mi hijo, manos de mi abuelo, los sabores de mi abuela, los juegos de mi padre, la sonrisa de mi madre, la bicicleta pisando charcos, el balón con churretes, los besos, las carcajadas, los estudios, las prisas, la tranquilidad, el café recién hecho, los dibujos de la televisión, unos amigos por la calle, la alarma sonando, el atardecer ardiendo, su cabello de invierno, los viajes, su cabello de verano, mi hijo, mi hijo, ella, mis padres, mi hijo, mis padres, mis abuelos, ella…

 

El fuego se consume y la pérdida de intensidad acompaña el avance de la tarde. Ya no queda más leña y la luz es tenue y fugaz, luz que parece anclada en mitad del final, un instante que es una eternidad. La tarde y el fuego están llegando a su final irreversible. Cuando todo se convierta en cenizas la barca seguirá siendo gris con grietas de sangre y el trozo de mar seguirá jugando con las gaviotas. Las llamas dejarán de purificar mi pensamiento y todo será silencio frío. Pero aún quedan llamas en la chimenea y yo sigo contemplando mi porción de mar.

 

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