Cánida pesadilla
Noemí García Jiménez

Con la cabeza ligeramente elevada vislumbra una silueta. Una sombra inmensa parece observarlo y piensa que lo va a engullir. Le cuesta poner nombre a la forma, pero se le asemeja a un cánido inmenso, su peor pesadilla desde niño. Desde que vio a un perro lobo atacar a un niño, su mejor amigo, le aterran. Es un sentimiento intenso, imposible de controlar.
Una lágrima asoma ante el deseo exasperante de gritar, pero no le queda voz. Han sido demasiadas batallas perdidas para hacerse oír. Mira de reojo, inmóvil, quizá la sombra no le ha visto. Puede que esté mirando más allá y él esté fuera de su campo de visión, no sabría decir. Intenta moverse, en un nuevo intento de salir de ese medio oscuro que lo atrapa desde no recuerda cuánto tiempo. Su mente parece haber olvidado cómo llegó allí, a estar acurrucado en la seguridad de su lecho, borrando una mala pesadilla. Solo recuerda haber sido como un perro luchando contra la corriente, hasta dejarse llevar, pero de aquello hace ya mucho tiempo.
Con los ojos cerrados, nota que la fantasmagórica sombra sigue estando ahí, mirándole, y no puedo controlar el miedo que siente. Aprieta los ojos, como si de esa manera se esfumara, y piensa que quizá lo mejor sería dejarse hundir en esa oscuridad que lo rodea y de la que no le apetece salir, pero, después de lo que ha pasado, no se puede rendir tan pronto. Algo golpea su pecho y, de repente, sus ojos se abren. Está decidido, volverá a luchar.
Entonces escucha una voz, su voz. Se incorpora y lo que ve, le sorprende, es la sombra quien le habla. En ese momento, es capaz de ponerle nombre, es su propia conciencia. Ella le recuerda aquello que ha olvidado, lo que no quiere oír, pero también sus virtudes. Su sinceridad le emociona hasta el punto de notar una lágrima recorriendo su mejilla, a la que enseguida sigue otra. No la seca, deja que caiga hasta la comisura de su boca.
En ese momento, la sombra calla. Parece que no tiene más que decir y se empieza a desvanecer. Antes de espirar, se dibuja la silueta de dos pájaros. Sonríe, solo él entiende el mensaje. Cuando alzan el vuelo, le devuelven la olvidada sensación de libertad.
